Diez Pinos

Si Eva Mendes dice que es SEXY pertencer a un hombre… Yo digo que es reeeeeee sexy pertenecer a esta revista :

tapapino

10 pinos.

Digo pertenecer porque en su primer número escribí una columna y en el próximo -que sale en breve- habrá otra. Gracias a Fernando Krapp y a Damián Huergo sus editores no sólo por publicarme (que ya es mucho) si no por hacer de esta revista un excelente proyecto y hecho, sin pretensiones banales y sin pararse desde el lugar de “intelectuales” que lamentablemente está tan mal entendido … Pero ya hablaremos en otro momento de Qué es la Cultura.

Mientras, los dejo con mi columna, ilustrada por el mismísimo Mache González… un honor.

Asunto Pendienteboceto-diez-pinos-01

Saber hace soda. Eso es lo que viene comiéndome las neuronas, más rápido que cualquier sustancia inventada hasta el momento. O por lo menos de las que probé. Una tía abuela mía de Capitán Sarmiento hacía soda casera con un sifón de metal, plateado, que tenía. Cuando la visitaba, moría porque en algún momento se acabara la soda. Era lo único que me importaba. Podía soportar el olor a naftalina, la lentitud de sus pasos y que no tuviera televisión. Todo podía soportarlo si tan solo ella hacía soda frente a mis ojos. En ese entonces estaba convencida que eso era magia. Aunque todos alrededor vieran la situación como un quehacer doméstico más. Esa circunstancia también me parecía increíble, nadie preguntaba nada, solo había silencio. ¿Qué podría hacer? Era incapaz de abrir la boca para preguntar cómo. Me limitaba a tratar de que el sifón quedara vacío nuevamente.Cuando mi tía abuela me preguntaba si quería tomar algo, yo decía: “Soda!!”. Nadie entendía bien por qué con sólo 5 años tomaba soda sin parar, hasta que los ojos me estallaban por las burbujas. Mi desafío era acabar el sifón antes de que la visita y las risas entre ellas terminaran. Si eso sucedía, entonces Coca se paraba y hacía soda. Recuerdo que tomaba algo de su alacena, y le ponía agua al sifón. Nunca pude aprender cómo lo hacía, de dónde sacaba y cómo colocaba una a una -casi milimétricamente- cada burbuja. Evidentemente era magia.

Ahora no tomo soda, generalmente no me gusta, salvo los días en los que me ato el pelo, y no chequeo los mails. En esos días puede ser que tome soda y no sé por qué la única combinación que le parece respetable a mi estómago es cuando acompaño ese vaso burbujeante con una tira de asado. A un amigo mío le fascinaba la soda, tomaba sin parar. Mariano se ofendía si al pedir soda, le traían agua gasificada. Por alguna extraña razón, me encantaba que le gustara la soda, me parecía tan familiar y fantástico. Me impactaba pensar que era inmune a las tremendas burbujas que trastocan el cuerpo y la cara. Hasta podría decir que me excitaba, como si aumentara su aspecto masculino. Evidentemente era magia. Al tiempo me enteré que Mariano era gay, pero –bueno- ese es otro asunto pendiente que viene comiéndome las neuronas…

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