En Kioscos:::: 10 Pinos

Pueden entrar al blog y chusmear de qué trata esta revista….

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Está muy buena, en este número escribieron:

– Andrés Neuman, Laura Meradi, Damián Ríos, Ariel Magnus, Juan Dicent, Maria L. Fernández Berro, Fernando Krapp, Damián Huergo y YO!

Acá va mi texto:

Noche a noche

Cuando decidí comprarla toda mi familia coincidió en que estaba loca. Ahora recuerdo todo como si no me hubiera ocurrido a mí, como si me lo hubieran contado, pero sigo teniendo pesadillas.

Ese fue el año en que decidí adoptar a Samanta, una boa. Cuando finalmente ese 5 de septiembre la fui a buscar, estaba feliz. No voy a negar que durante el viaje a casa sentí un poco de angustia. Tanta gente me había dicho que era una mala idea que por momentos no sabía si realmente la quería tener o si se había convertido en un capricho que ahora era realidad y se movía en la pecera que tenía apoyada en las piernas.

Solo cuando estuve a solas en mi cuarto con ella me sentí segura de la decisión que había tomado. Samy medía menos de un metro, era ancha y de un color marrón brillante. Era tranquila y tenía una mirada dulce. No parecía que fuera capaz de comerse un elefante bebé como había leído.

Durante un año entero la alimenté con ratas que compraba. El proceso no era para nada tétrico. Simplemente giraba su largo cuello en el momento justo asfixiando a la ratita. Después la deglución era lenta y armoniosa.

A fin de ese año ya medía un metro y medio. Cada vez pasábamos más tiempo juntas. Le ponía música, y sabía qué bandas le gustaban o por lo menos con cuales no se irritaba. Cuando ponía Beatles, Samy, se estiraba. El rock nacional generalmente la ponía nerviosa y entonces no dejaba de moverse en su pecera.

Un día dejó de comer. Compré ratas como todos los primeros días del mes y se las lleve. Era una satisfacción darle de comer y esperaba ese día. Generalmente Samy hacía la digestión como un relojito, según los libros y manuales que había leído. Pero ese día no comió. No supe por qué y pensé en esperar. Pero al otro día tampoco lo hizo. Pasaron 4 días y Samanta no comía. Pensé que tal vez había ingerido algo de contrabando cuando la soltaba de noche. Estaría indigestada.

La llevé a la veterinaria donde la había comprado. La revisaron y les conté nuestras rutinas. Me dijeron que si no comía en tres días más la volviera a llevar. Le cambié las ratas pero Samy no comió. El veterinario decidió hacerle unos estudios para ver si tenía algún desarreglo alimenticio. Pero no. Todo parecía en orden. Entonces fue cuando me dio el teléfono de Hugo Sardi, “El tipo más groso de la Argentina en el tema, si no sabe él que tiene, no sabe nadie”, me dijo.

Lo llamé preocupada y me sugirió que lo fuera a ver al serpentario del zoológico donde trabajaba. Llevé a Samy conmigo en su cajita para transportar. Sardi la revisó. Me dijo que no tenía problemas de presión. Le hizo una ecografía pero no había nada extraño.

Después de los estudios, me hizo sentar en su consultorio y empezamos a hablar. Samy estaba arriba de su camilla y él la examinaba con delicadeza. Le miraba los ojos. Le abría la boca con una espátula. Me pidió que le contara la historia de cómo había llegado a mí mientras la acariciaba.

Le expliqué que la había comprado. Le conté como eran nuestros días. Cuantas veces comía. Donde vivíamos. Qué hacía. Le dije que la soltaba durante la noche. Que al principio dormía enroscada en la pata de mi escritorio. Luego se había pasado al respaldo de mi cama y que hace un tiempo dormía a mi lado, sobre el acolchado. Le expliqué que la habitación era un poco fría de noche, que seguramente buscaba en mí, calor.

La expresión de Sardi cambió. Me preguntó serio:

– ¿Desde cuándo duerme con vos la boa?

– No sé… tres semanas, un mes. ¿Por?

Su cara se transformó completamente. Vi como dejó de acariciar a Samy y la sostuvo sin la dulzura de antes. La tomó de manera tensa del cuello y la cola. Me miró y dijo serio:

– Bueno, te voy a pedir que te levantes despacio y salgas de la habitación ahora mismo.

– ¿Qué pasa?

– Ya te lo voy a explicar. Pero necesito que salgas de la habitación ahora, sin tocarla.

Yo no entendía por qué tenía que irme pero claramente algo malo pasaba con Samanta. Pensé que tendría alguna enfermedad contagiosa. Tal vez yo también la tendría. ¿Qué podía trasmitir una boa? Nunca había leído nada…

A los cinco minutos Sardi salió de la habitación solo y me dijo: “La vamos a tener que sacrificar”.

Me explicó que Samy no estaba durmiendo conmigo por el calor. Es más, me dijo que Samy no estaba durmiendo conmigo, me estaba midiendo. Según entendí las boas miden a sus presas antes de devorarlas para saber exactamente cuanto tiempo de ayuno tienen que hacer antes de atacarlas. Por eso hacía un mes que no comía.

No podía creer lo que me estaba contando. Amaba a Samy y sabía que ella también a mí. Tenía que ser un error de él. Sabía que ella no quería devorarme. No podía dejar que la mataran. Le rogé que no lo haga, pero me dijo que era por mi seguridad.

Me fui a mi casa, sólo cuando me prometió que no la mataría. Dijo que la dejaría encerrada y que yo podría ir a visitarla así. Al otro día fui a verla. Samy estaba inquieta y seguía sin comer. Me quedé con una persona del zoológico y apenas estuve sola por unos instantes me acerqué a la pecera. Saqué unas pesas que estaban sobre esa caja transparente. Después corrí un poco el pesado vidrio. Despacio, intentando que nadie me escuchara. Metí la mano para acariciar a Samy, pero ella ni se movió. Estaba dura, petrificada. Empecé a cantarle una canción de Los Beatles para que me reconociera:

“You say yes, I say no. You say stop, I say go go go… Oh ho. You say goodbye, And I say hello.. Hello hello. I don’t know why you say goodbye, I say hello… Heeellooo, heeelll…”

El resto se vuelve confuso. Sólo recuerdo el sonido del vidrio roto y la sensación de estar atrapada, apretada, tirada en el piso y ella, entera, arriba mío, mirándome. Recuerdo los pasos, el grito y la cuchilla. Luego los médicos, los yesos en mis piernas, y su marca. La marca en mi brazo izquierdo que todavía tengo, que todavía siento… Por donde me corre el escalofrío que me despierta cada noche.

Gaby Larralde

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