Historias Encontradas

Estoy terminando de leer este libro que reúne extractos de textos seleccionados por el escritor Eduardo Berti. En palabras del compilador: “Los cuentos que conforman esta antología son historias encontradas o, si se prefiere, historias semiocultas o sembradas por sus autores en el agitado mar de un texto más amplio“.

Conviven en él, autores de lo más variado, grandes nombres de la literatura: Goethe, Melville, Dostoievski, Dickens, Sartre, Camus, Ambrose Bierce, Italo Calvino, Balzac, Bolaño, Di Benedetto, Lawrence, Allan Poe, Guy de Maupassant… y la lista se amplia.

Leerlo es un placer, como toda selección se puede adherir en porcentajes a los textos elegidos, yo lo hago en un 85 por ciento. No creo que ningún lector de cuentos pueda bajar de un 60 por ciento de adherencia. Entre los cuentos que más me gustaron están: Un imitador de Mark Twain, Té o café de Harry Muslich, El encierro de Montague Rhode James, Las bestias no olvidan de Vita Sackville…

Transcribo uno: La confesión de la señora M de Goethe:

El señor M. es un viejo avaro, perverso y repugnante, que toda la vida atormentó y reprimió a su mujer; ella, sin embargo, supo sacar provecho de la situación. Habiéndola desahuciado el médico hace algunos días, mandó a llamar a su marido, y, en presencia de Carlota, le habló en estos términos: “Debo confesarte una cosa que después de mi muerte podría ser motivo de inquietud y pesares. Hasta hoy he administrado la casa con todo el orden y economía posibles; sin embargo, debo pedirte perdón porque te he engañado durante treinta años. Desde nuestro casamiento fijaste una cantidad muy pequeña para los gastos de comida y demás de la casa. Cuando esta prosperó y nuestros negocios levantaron vuelo, no pude lograr que aumentaras la suma destinada para cada semana; sabes que en los tiempos de nuestros mayores gastos me obligabas a solventar todo con un florín diario. Obedecí sin chistar, y cada semana extraje del cofre del dinero lo indispensable para cubrir mis atenciones, segura de que jamás se sospecharía que una mujer le roba a su marido. Nada he malgastado, y sin hacer esta confesión hubiera entrado tranquila en la eternidad; pero sé que la que me suceda en el gobierno de la casa no podrá manejarse con lo poco que tú das,  y no quiero que llegues a echarle en cara que tu mujer se las arreglaba bien con eso”.

J. W. Goethe, Werther.

Eterna Cadencia Editora. Más textos en su blog.

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