Grandes peleas de pareja en la literatura II

Publicado en Eterna Cadencia

Las peleas de Pablo Ramos.  Por G.L. Foto: Lucio Ramírez.
Pez, te amo y te respeto demasiado, pero antes de que termine el día voy a matarte”. Ramos cita a Hemingway en el comienzo del cuento Cuando lo peor haya pasado.

pablo ramos

Volvemos sobre las grandes peleas de pareja en la literatura. Esta vez nos centramos en los cuentos de Pablo Ramos y, dentro de ellos, en las fibras que lo recorren: las discusiones. Ramos relata contiendas que son reales, que se pueden oler. No intentan ser épicas: lo son. Dejan una imagen en la mente que permanece por semanas sobrevolando los espacios de tu propia casa.

Como antesala a sus cuentos publicados en el libro Cuando lo peor haya pasado y como reflexión ante estas guerras, Ramos cita la siguiente frase de John Cheever:

Y los hombres tristes, los solitarios, los malcasados se arrodillan en garajes, cuartos de baño y moteles, y piden a Dios que los ayude a comprender su necesidad de amor. Son todos ateos (…) ¿Por qué esos hombres, adultos e inteligentes, se comportan de manera tan ridícula? Es como si el dolor los obligara a arrodillarse.

En el cuento que da título al libro, la felicidad pende de un hilo y al protagonista no le importa. Esa es la sensación. La de caminar sobre los escombros sintiendo la convicción aún fuerte de que estamos en lo cierto. Aunque esa seguridad dure tres minutos y se desarme en un abrazo. Empieza con una frase que hace recuerda al “feeling fine” de El resplandor: “Todo comienza bien” y va a llegar a su punto máximo de tensión en esta escena:

– Voy a llamar al service del lavarropas- dice ella.

Él apaga el televisor y después levanta el teclado y lo tira contra la mesa. Varias teclas saltan de su lugar, se cae el portalápices.

– Y ahora que pasó! grita ella.

– Pasó que en esta casa no se puede escribir, no se puede leer, no se puede una mierda dice él, que ahora sabe que tal vez no pueda parar.

– ¿Vas a empezar?

– No.

– Porque no sé si te acordás que esta madrugada pateaste el televisor.

– Pateé al boludo que hablaba por televisión.

– Es lo mismo

– No, no es lo mismo.

– Lo pateaste porque vine a ver qué te pasaba. Es lógico que me preocupe si son las tres de la mañana y estás mirando televisión.

– Estaba escribiendo.

– Estabas mirando televisión y con la televisión encendida no podés escribir. ¡Nadie puede!

Entonces comienzan los reclamos que tienen la capacidad para entrelazarse y reproducirse. Le recuerda su alcoholismo y las noches enteras en las que no dormía por su culpa:

– todas las llaves abiertas, todavía se me hiela la sangre cada vez que pienso, a las cuatro de la mañana, borracho, tirado en el piso, intentando arreglar el horno.

Él quiere decirle que no siga y no puede hacerlo, quiere avisarle, prevenirla de algo, pero no sabe con exactitud de qué.

– miren todos al muy machito arreglando el horno- le está diciendo ella-, miren todos al Es-cri-tor! Arreglando el horno.

Toma el cuchillo sucio de jalea de arriba de la mesada y empieza a caminar hacia ella. Siente que las cosas no deben quedar as. Si el juego es lastimar, a l no le va a ganar nadie (…).

En “Por las colinas de la luna”, otro cuento del volumen Cuando lo peor haya pasado, Ramos repasa otra discusión, esta vez, casi un monólogo suicida.

– Daniel, somos nosotras. ¿Estás ahí? Es el cumpleaños de tu hija y lamentablemente quiere verte. Abrí. Nos estamos mojando. Daniel, abrí. ¿Estás ahí? Tengo un juego de llaves en el auto.

Toca varios timbres más y continúa, ahora gritando:

– Te estoy viendo, pelotudo, abrí porque te juro que te mando en cana. Daniel, abrí. Hijo de remil puta! Abrí porque me voy y vuelvo con la policía.

¿Un juego de llaves? ¿Tiene un juego de llaves? Mariana y yo lo habíamos hablado. Habíamos hablado de cambiar la cerradura ¿Habíamos cambiando la cerradura?

Mi mujer estaba en la calle. Veía su silueta detrás del vidrio esmerilado de la puerta de entrada. Sostenía un paraguas. No pude ver a Lucía, pero quizá la había dejado en el auto, o quizá mi mujer estaba mintiendo. (…)

Mi mujer gritaba y forcejeaba con la puerta. Decía cosas que yo no quería oír. Hasta que de pronto se detuvo, se quedó en silencio, se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar.

Lucía, nuestra hija, seguía ahí: al lado de su madre, mirándome. Se acercó a la puerta y apoyó la cara contra el vidrio. Se quedó quieta. Tenía cuatro años y estaba muy linda. Me hubiera gustado decirle a su madre lo linda que estaba nuestra hija (…)

Los cuentos de Pablo Ramos son, sin embargo, un alivio. Logran trasmitir lo contenido. Ramos es dueño de estas peleas memorables, de estas historias que parecen no terminar, como dice uno de los personajes, “Vos lo sabés bien, esto no va a durar para siempre, y cuando lo peor haya pasado yo voy a estar acá: al lado tuyo”.

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Un comentario en “Grandes peleas de pareja en la literatura II

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