Cortázar por Juan Martini

Muy interesante la columna de Juan Martini para el blog de Eterna Cadencia, sobre Julio Cortázar…

Desde que le escribí por primera vez hasta su muerte discutí dos veces con Julio Cortázar. En realidad, no fueron discusiones. En las dos oportunidades, apenas me di cuenta de que lo había ofendido busqué la manera más rápida de cambiar de tema.

Fueron 20 años, desde 1964 hasta 1984. La primera carta, que acompañaba por separado el envío de un ejemplar de la revista literaria que yo hacía en aquel tiempo con Nicolás Rosa, fue osada y candorosa. Uno le escribía a un escritor como Cortázar, que ya era una leyenda, para decirle que su obra le parecía extraordinaria, que influía en lo que uno escribía, y para pedirle que leyese lo que uno escribía. En la revista que le mandé se había publicado, es obvio, un cuento mío. 15 días después me encontré con la respuesta. Yo vivía en Rosario con dos amigos salteños en un departamento de pasillo (actuales PH) en un barrio humilde atrás del cementerio El Salvador. Volvía de trabajar y en el suelo del patiecito había una carta… La levanté sin imaginármelo, ¡y era la primera carta de Julio Cortázar que recibí en mi vida!

Es cierto que en esos años Cortázar todavía se hacía tiempo para contestar todas las cartas que le escribían, incluso las de una mujer de Mendoza internada en un psiquiátrico a la que no dejó de escribirle nunca: en los últimos tiempos, cuando su correspondencia era ya abrumadora, nunca dejó de mandarle sin embargo desde alguna ciudad o aeropuerto una tarjeta postal.

Pero la primera discusión se produjo casi 10 años después, cuando nos conocimos personalmente en su departamento de 4, rue Martel, cerca del Canal Saint-Martin. Yo pretendí relativizar la influencia del Tribunal Russell, del que Cortázar formaba parte, en la defensa de los derechos humanos en la Argentina y en América Latina. Era el año 1974 y la soberbia juvenil nos decía que no se podía esperar nada de la vieja Europa. Cortázar me dijo que si adhería al Tribunal era porque creía en su influencia. Y yo quise en ese anochecer helado de diciembre en París que la tierra me tragara.

Un año más tarde, a finales de 1975, tuve que volver a Europa, esta vez a Barcelona, para quedarme un tiempo. Las 3A me habían amenazado de muerte. Y Cortázar me ofreció que contara con él para lo que necesitara.

Volví a discutir con él, o a enojarlo, en 1978 o 1979: habíamos comido milanesas con papas fritas hechas por Carol Dunlop, su mujer, y hablábamos de literatura, de política, y de cosas sueltas cuando se me ocurrió decirle que el París de Rayuela me hacía acordar al París de Trópico de Cáncer. “Sí, claro, me dijo Cortázar, Es seguro que Miller escribió sobre París antes que yo”. El link no le había gustado. Entonces Carol dijo algo de la novela que ella estaba por publicar, Mélanie dans le miroir, y Cortázar y yo no dejamos pasar el cabo que nos había tirado esa mujer alta y de ojos muy claros a la que Cortázar le llevaba más de 30 años y con quién había encontrado la ilusión de la felicidad. Carol Dunlop había nacido en Estados Unidos en 1949 y desde 1965 había resuelto escribir en francés.

carol dunlop y julio cortázar(Carol Dunlop y Julio Cortázar)

El fin de la ilusión llegó en el último tramo de 1982 cuando Carol murió de una aplasia medular. Entonces Cortázar entró en un duelo que sólo terminaría con su propia muerte en febrero de 1984. Pocos días después de la muerte de Carol apareció en Barcelona. Lo pasé a buscar por el hotel Colón, enfrente de la Catedral, y fuimos a cenar a La Balsa, el bello restaurante que tenía Toni López (Tusquets Editores) en la calle Infanta Isabel, al pie del Tibidabo. Hacía un frío de perros, llovía y Cortázar tenía 39° de fiebre. “No me puedo quedar en París, me dijo. Y quiero ver a mis amigos”. Para eso, viajaba. Y no dejó de hacerlo durante buena parte de 1983.

A Cortázar le gustaba Barcelona. Ahí vivían Cristina Peri Rossi y Ana Basualdo, y el editor Mario Muchnik y su mujer Nicole. Le gustaba el sol de Barcelona, le gustaba caminar por las Ramblas y por el Paseo de Gracia; firmaba autógrafos con simpatía, íbamos a comer a casa (la única precaución era no ponerle ajo a nada porque Cortázar era alérgico al ajo), a tomar cafés por ahí, y charlábamos, me preguntaba si Bruguera, donde yo trabajaba, podía mandar más libros a Nicaragua, y un día le conté que estaba empezando a escribir una novela nueva. “Palabras mayores, una novela -me dijo-. A mí también me gustaría  hacerlo. Pero hay que tener tiempo por  delante. Y yo no tengo”.

En la editorial Bruguera de Barcelona, y en el comienzo de la década de los ‘80, publiqué las cuatro novelas de Cortázar y una antología de sus cuentos en las colecciones de bolsillo. Los derechos de las llamadas “ediciones normales” o paperbacks los tenía en ese momento la Alfaguara que dirigía Jaime Salinas puesto que Sudamericana, en Buenos Aires, se negó a publicar sus libros durante la dictadura. Por eso, más adelante, Cortázar, en vida, no quiso volver a Sudamericana.

En 1994, a 10 años de la muerte, la actual Alfaguara publicó sus cuentos completos y los presentamos como un homenaje en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI, hoy Centro Cultural España, CCE). Hubo mucha gente, muchísimos jóvenes y un fervor pocas veces visto en la presentación de un libro. En la ocasión Beatriz Sarlo dijo que ella había confundido la lectura de Cortázar con los efectos que producía la lectura de Cortázar y que por eso había decidido no dar ella Cortázar en sus clases aun cuando no se había opuesto a que alguno de los docentes de la cátedra lo diera.

En 1995 yo dirigía Alfaguara en Buenos Aires y las negociaciones con Carmen Balcells para que toda la obra de Cortázar pasara a Alfaguara fueron duras, tanto que me llevaron a renunciar a la representación de mis libros que durante casi 20 años llevó Balcells para no complicar más las cosas. Pero Cortázar pasó a Alfaguara…

Un día de 1981 caminábamos por Barcelona, Cortázar y yo. Él había leído los originales de mi novela La vida entera, que aparecería poco después, y me comentó esa tarde que para su gusto tenía muchas comas. Pero de inmediato me contó que cuando había trabajado con Lezama Lima para fijar el texto de Paradiso y hacer una edición definitiva en la editorial Era, de México, le había dicho a Lezama algo parecido, y que Lezama le había contestado que tenía razón: “Creo que tiene razón, pero yo soy asmático, usted sabe, y quiero para mi novela una respiración asmática”. Y Paradiso la tiene.

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4 comentarios en “Cortázar por Juan Martini

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