Los libros para Tinelli, Macri y CFK

Claudia Piñeiro escribe hoy para La Nación, una columna sobre el arte de regalar libros y cuenta qué ejemplares les regalaría a algunas personalidades.

Por ejemplo, Marcelo Tinelli. “Creo que Tinelli es lector y porque parece un tipo inteligente, le regalaría ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace Mc Coy. “Una novela extraordinaria”, me dijo Eduardo Belgrano Rawson cuando me la recomendó. Una muy buena novela negra, dicen otros. Yo digo que es una gran novela social, casi de denuncia. Un concurso de baile maratónico, distinto a los que organiza Tinelli, en otro tiempo y otro lugar: California 1932, después de la Gran Depresión. Pero con algunas semejanzas. El público no es televidente sino que está sentado en gradas alrededor de la pista. Un concurso en el que las parejas de bailarines están dispuestas a hacer lo que sea por ganar. Y hacer lo que sea incluye morir. O matar”.

¿Qué libro le regalarías a Mauricio Macri? “A diferencia de Tinelli, no creo que Macri sea muy lector. Si lo fuera, hablaría mejor en público, tendría un vocabulario más amplio, erraría menos en la sintaxis, en los tiempos verbales y en el uso o no de preposiciones. Pero de todos modos, si tuviera que regalarle un libro y creyera que él lo va a leer, elegiría dos: Si me querés, quereme transa, de Cristian Alarcón, y Las garras del niño inútil, de Luis Mey. El primero transcurre en la villa del Bajo Flores; el segundo, en San Isidro, en una línea difusa, calle de por medio, en la que la clase media más pobre se agarra de pies y manos para no pasar del otro lado, allí donde empieza La Cava”.

Y una última ronda: ¿Qué libro le regalarías a la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, en estas Fiestas? La presidenta lee, no tengo dudas. Si no leyera no podría hablar en público como lo hace. Le regalaría buena literatura, dos novelas escritas por mujeres: Desarticulaciones, de Silvia Molloy, y La orfandad, de Sylvia Iparraguirre. El de Molloy, porque es un libro hermoso y triste, el de una despedida a alguien que se quiere, un duelo que da tiempo y un texto de esos a los que se les agradece que sirvan de excusa para llorar. Y el de Iparraguirre, porque es una historia exquisita, de las que se leen a dos centímetros del suelo, y que reparan heridas.

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