Bien capos!

Buscaron correr a Vargas LLosa de la Feria del libro y ahora vende más

El envión del Nobel, más el impacto de la discusión con los K, hicieron subir las ventas de sus libros.

Amado y odiado
POR Pablo Calvo para Clarín
Hace 51 años que Pedro Sirera vive de los libros. Es el vendedor más antiguo de la avenida Corrientes y percibe como nadie los disparadores de una buena oportunidad. La entrega del premio Nobel a un autor en español es una fija: triplica las ventas apenas el ganador aterriza en Suecia. Pero también hay momentos políticos que hacen temblar las estanterías. La censura de los gobiernos militares, la prohibición de un título, la persecución de un escritor logran el efecto inverso al buscado por las topadoras: que los libros se conviertan en objeto de necesidad y deseo.

Hace un mes, cuando intelectuales oficialistas se enojaron por la invitación a Mario Vargas Llosa para inaugurar la Feria del Libro, Pedro notó que el novelista peruano volvía a vender como hacía tiempo no lo hacía. “Siempre tuvo buena salida, toda su obra, pero entre el Nobel y esa pelea con el Gobierno, se vendió un 40 por ciento más”, estima desde el mostrador de la librería Lorraine, que antes era un cine.

Pedro tiene 72 años y cien mil anécdotas. Antes de la última dictadura, durante las “dictablandas”, se las arregló para despachar poesías de Pablo Neruda y versos de Eduardo Galeano aunque, a veces, las inspecciones municipales lo obligaban a retirar ejemplares de la vidriera.

Empezó a trabajar en la época de los radioteatros, como el que alimentaba con sus guiones otro Pedro, Camacho, el personaje de Vargas Llosa que odiaba a los argentinos en La Tía Julia y el escribidor. En aquella ficción, la Embajada Argentina en Perú buscó la forma de callar al libretista, porque sus ideas ofendían al país de Borges.

Querían dejarle la página en blanco a Camacho, impedir que sus guiones salieran al aire, pero él sabía que algo de culpa tenía: le gustaba mojarle la oreja a sus engominados rivales. Así, echó a todos los artistas argentinos de Radio Central, acusó de ladrones de ideas a los autores de ese país y llamó piojosos a sus habitantes. “¿Se ha topado usted en la vida con argentinos? Cuando vea uno, cámbiese de vereda, porque la argentinidad, como el sarampión, es contagiosa”, disparaba Camacho, nacido en Bolivia y traicionado en el amor por una argentina.

Un cronista de Clarín repasó sus andanzas, mientras buscaba información por las librerías. Es que Vargas Llosa redobló la apuesta: confirmó su presencia en la Feria, el 20 de abril, llamó a sus oponentes “piqueteros intelectuales” y dejó el ambiente con expectativa.

“Es cierto, se vendió mucho más. Acá, de Vargas Llosa no queda casi nada, liquidamos la colección que sacó Ñ, todo en las últimas semanas”, explica el vendedor matinal de La Cátedra, que tiene variedad y precios de saldo.

Durante la recorrida, apareció un ejemplar de Un golpe a los libros, la investigación de Hernán Invernizzi y Judith Gociol sobre la represión cultural durante la dictadura. Era una edición actualizada y tenía un prólogo de Horacio González, principal duelista gubernamental de Vargas Llosa. El texto criticaba la censura sobre la novela de la tía Julia (ver “Cuando Horacio González…”).

En Edipo, los libros de Vargas Llosa “sin ser una locura, en marzo caminaron bastante bien” dijo el vendedor, jugando con las palabras, porque los libros no caminan, pero siempre intentan sacudir la quietud. En Hernández y Zivals, los libreros atribuyeron el nivel de ventas al impacto del Nobel, más que al factor político, que igual consignaron. En Cúspide, la venta es pareja. La editorial Alfaguara tendrá cifras actualizadas en un mes, aunque se deslizó que la demanda de libros de Vargas Llosa aumentó tras el affaire.

Las andanzas de Pedro Camacho estaban agotadas en El Ateneo de Santa Fe y Riobamba.

Se termina la recorrida y Varguitas, otro personaje de La tía Julia y el escribidor, cuenta más sobre el enojo argentino con los radioteatros de Camacho. Lo querían vetar porque desplegaba “alusiones `calumniosas, perversas y sicóticas contra la patria de Sarmiento y San Martín”; se atrevía a sugerir que “la proverbial hombría de los porteños era un mito pues casi todos practicaban la homosexualidad”; denunciaba que “lo de las vacas era para la exportación, porque allá, en casita, el manjar verdaderamente codiciado era el caballo”; y sostenía que, de tanto cabecear pelotas de fútbol, se habían alterado los genes nacionales, “lo que explicaba la abundancia de oligofrénicos, acromegálicos y otras sub-variedades de cretinos”.

Camacho terminó a las trompadas con matones “churrasqueros”.

Pura ficción.

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