¿Por qué hablo bien de Fogwill, si él hablaba mal de mí?

Me gustó lo que escribió Martín Kohan sobre su relación con Fogwill para Eterna Cadencia. 

fogwill

¿Por qué hablo bien de Fogwill, si él hablaba mal de mí? La pregunta me fue formulada la otra tarde, de la manera más generosa y desprendida, en el curso de una conversación entablada durante un encuentro casual en un café. Me pareció que daba una buena respuesta a esa pregunta, pensé que había dispuesto mis mejores razones con aceptable claridad. En resumen: que me expliqué. Y sin embargo, un rato después, ya lejos de la conversación y del lugar donde se produjo, el asunto volvió a mí. Me propuse apartarlo y persistió; si trataba de escaparle, me alcanzaba. Y fue eso lo que me llevó a considerar que, contrariamente a mi primera impresión, no había contestado bien, que mi respuesta no me dejaba conforme. Tal vez por la siguiente razón: porque en ella faltó la palabra miedo. Y faltando esa palabra, así sea murmurada, sentí que no había dicho, a mi pesar, la verdad entera.

Lo que contesté es todo cierto: que hablo bien de muchos textos de Fogwill porque admiro muchos textos de Fogwill (“La larga risa de todos estos años” no deja de perturbarme, Los pichiciegos no deja de impactarme, “Los pasajeros del tren de la noche” no deja de conmoverme, La experiencia sensible no deja de interesarme, Los libros de la guerra no deja de interpelarme, etc.). Y es cierto lo que agregué, que me parece que lo que no dije mientras Fogwill estaba, no puedo ni debo decirlo ahora, que no está (¿me confundo o mencioné, algo al pasar, a los que le roban anillo y monedas a Francisco Real en “Hombre de la esquina rosada” de Borges, aprovechando que está muerto y ya no puede defenderse?). Debí decir además, pero no recuerdo si dije, que si me mostré agradecido durante el tiempo en que Fogwill prefirió hablar bien de mí, habría sido mezquino y torpe cambiando mi tesitura tan sólo porque él había cambiado la suya.

Del miedo no hablé. Lo del miedo no lo dije. Sé muy bien de la enorme generosidad de Fogwill, entre otras cosas, porque me la dispensó durante cierto tiempo. Pero me daba miedo incluso entonces, me daba miedo incluso así. Una vez comí con él y dos de sus hijos en una pizzería inesperada y constaté su don para el afecto; pero también esa noche me dio miedo. Y sus invectivas más feroces, porque eran lúcidas en su acidez y divertidas, me hacían reír a menudo; pero no era sin miedo que me reía.

Nunca pensé que Fogwill podía morirse. Lo pienso de las personas saludables, las que se cuidan y están bien: esos tienen algo que perder. Los que, en cambio, se deterioraron mucho, pero deteriorados y todo viven, van y vienen, nadan, viajan, escriben cosas, de esos pienso que pueden con todo, de esos pienso que nada los vence, con esos no se me ocurre que alguna vez se pueden morir. Por eso me sorprendió que Fogwill muriera. Y cuando murió, me sorprendió otra cosa: notar que el miedo no desaparecía en mí, que no menguaba ni se extinguía. Al contrario: era mayor, aumentaba y se expandía, crecía hasta volverse absoluto y definitivo. Tan absoluto y definitivo como la muerte misma.

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