Encontrar un Cuento

Especialmente me gustan los cuentos como ya lo habrán notado. Me la paso leyendo libros de relatos, pero sólo unos pocos quedan realmente dando vueltas en mi cabeza, agarrados cuál garrapata por alguna circunstancia a veces clara pero generalmente indescifrable.

Este es el caso de un cuento del español Gonzalo Suárez. Encontré este cuento en un pequeño libro que me salió 5 pesos, porque todavía se consiguen libros por ese dinero, pero hay que saber dónde y cómo buscar. Contiene sólo tres cuentos y del primero es del que quiero hablar.

“Desembarazarse de un Crisantemo” cuenta la historia de un hombre que viendo los avisos fúnebres de un diario, mandaba libros contrareembolso a las familias de los difuntos. Un negocio discreto y efectivo, hasta que da con un hijo curioso que se pregunta por qué su padre habría hecho esa compra justo antes de morir…

Aá se los dejo, que lo disfruten:

Desembarazarse de un Crisantemo

Hacía tres meses que había emprendido aquel floreciente negocio, cuando recibí la visita de un joven que me dijo:

—Quisiera hablar con usted sobre unos libros que mi padre le adquirió antes de morir.

Le hice pasar, y le ofrecí coñac y un cigarro puro. No bebía y tampoco fumaba. Sonreía constantemente, y la sonrisa contrastaba con el traje de luto.

—Vera usted —me dijo—. A los cuatro días de morir mi padre, recibí el paquete contra reembolso a su nombre. Pagué el importe y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que el paquete contenía… libros.

—¿Tan extraño resultaba que su padre hubiera comprado un lote de libros antes de morir? —pregunté, mientras me servía una copa de coñac y encendía un puro.

—Desde luego —dijo él—, la adquisición de un lote de libros me revela un aspecto inédito del carácter de mi padre…

—¿No acostumbraba a leer?

—No tenía esa costumbre. Aunque he de confesarle que los títulos de los libros que le compró mi padre resultaban muy sugerentes. Entre otros, un manual de gimnasia sueca, un diccionario de la lengua castellana y un libro de cocina para vegetarianos.

—Realmente se trata de un pedido pintoresco —concedí.

—Muy pintoresco. Esta es la razón por la que he aprovechado mi viaje a la ciudad para visitarle. Compréndame, es lógico que sienta curiosidad por tratar de conocer la explicación de este último deseo de papá.

—Es natural.

—Y también me gustaría saber, si usted puede informarme, cuándo le hizo el pedido mi padre.

—Consultaré el fichero, aunque le prevengo que no será fácil precisarlo. Recibo numerosos pedidos, y más bien tengo tendencia a atrasarme en los envíos…

—¿Atrasarse? ¿Un mes? ¿Dos?

—No siempre, pero a veces…

—¿Dos meses?

—No es corriente, desde luego.

—Le pregunto esto, porque si hace dos meses que mi padre solicitó el envío de los libros bien pudiera ser que lo hubiese hecho verbalmente, durante su última estancia en esta ciudad.

—Es posible, aunque no puedo asegurárselo.

—Si hubiera visto a mi padre, no tendría dificultad en recordarlo. Imagino, al menos, que el apellido le sonará: Crisantemo. Es un curioso apellido que no se olvida fácilmente. Mi padre era José Crisantemo, yo soy Emilio, su único hijo.

—¿Crisantemo? ¿Un hombre de unos setenta años?

—Exactamente. Con el pelo gris, los pómulos muy salientes, la nariz aguileña y los ojos claros, muy claros.

—Pelo gris —repetí—, nariz aguileña y ojos claros… Crisantemo… ¡Lo recuerdo! En efecto, hará unos dos meses. Sí, sí. Lamento haber tardado tanto en servirle el pedido. Recuerdo a su padre perfectamente.

—Lo cual no deja de ser extraño —replicó Emilio Crisantemo—, porque mi padre nunca vino a la ciudad.

Apagué el puro, y dije:

—Sin embargo, usted me aseguró que había venido…

—Se lo aseguré, sí. Pero no vino.

—¿No vino? En ese caso, debe tratarse de otra persona. Es indudable que confundo a su padre con otra persona. ¡Me es imposible recordar a todos mis clientes!

—Lo supongo. Tiene usted un negocio bien organizado, y muy próspero. Nunca hubiera sospechado hasta qué punto podía resultar lucrativo vender libros en este país. Compartía la idea, bastante generalizada, de que aquí nadie lee.

—Puede que no lean —comenté riendo—, pero compran libros.

—Se trata ante todo de localizar a los clientes —dijo él.

—Es esencial.

—Y usted ha descubierto una clientela segura, y siempre renovada. Una clientela que se interesa por toda clase de libros, desde los manuales de gimnasia sueca hasta la historia del arte egipcio en diez tomos.

—Creo que sé desenvolverme bien —dije, fingiendo modestia.

—También yo lo creo, y ésta es la razón por la que he decidido ser su socio.

—Lo siento —repliqué—, pero no necesito ninguna aportación de capital.

—Oh, no. No aportaré ningún capital. Difícilmente podría hacerlo, puesto que mi papá no me ha dejado ningún céntimo. Yo no le propongo aportar capital, sino compartir los beneficios.

—¿Se burla de mí?

—Le estoy proponiendo la única fórmula posible para que su negocio tenga… continuidad.

—Es comprensible que, al morir su padre, usted desee encontrar un buen trabajo en la ciudad —dije—, pero debiera obrar con mayor sensatez. No es ésta la manera de pedir un empleo, y, por otra parte, me basto a mí mismo, no puedo emplearle.

Me puse de pie, pero, con un ademán, hizo que volviera a sentarme.

—Como le dije —habló—, me sorprendió que mi padre hubiera comprado un lote de libros. Sobre todo, ese manual de gimnasia sueca provocó mi hilaridad, aunque no era aquél el momento más oportuno para reír.

—Lo imagino.

—Sin embargo, durante una de las misas celebradas a la memoria de papá tuve que contener las carcajadas, y simulé que sollozaba.

—Muy ingenioso.

—Porque resultaba verdaderamente gracioso que mi padre, paralítico desde hacía cinco años, se interesase por la gimnasia…

Rompió a reír.

—Si estaba forzado a permanecer inmóvil —argumenté yo—, resultaba bastante lógico que comprara algunos libros para pasar el rato.

—Además de paralítico —dijo Emilio Crisantemo—, papá era ciego.

—En ese caso, no hay alternativa: he enviado el paquete de libros a su padre por error.

—Usted sabe tan bien como yo que no hay error —dijo—. El nombre y dirección de mi padre constaba en la esquela que publicaron los periódicos. ¿Está usted abonado a todos los periódicos del país?

Asentí.

—El negocio ha sido concebido muy inteligentemente, y podemos pensar con optimismo en nuestro porvenir —dijo—. La gente no ha adquirido la costumbre de leer, pero no pierde la costumbre de morirse. Evidentemente, los muertos son unos clientes seguros y poco exigentes. Y las familias de los difuntos suelen estar atareadas y preocupadas.

—Siempre pagan, y se quedan con el paquete —proclamé yo con orgullo.

—En ocasiones lo harán por sentimentalismo: «Pobrecito —pensarán—, éste fue su último deseo.» En otros casos, sentirán curiosidad. En la mayoría, eliminarán complicaciones, porque el importe del pedido nunca es excesivo.

—Lo tengo calculado.

—¿Y los libros?

—¿Quiere usted visitar mi almacén?

—Desde luego, debo empezar cuanto antes a ponerme al corriente.

—Lo he instalado en el sótano.

—¿Tanta mercancía tiene en depósito?

—Procuro que nunca falte.

—¿Elige los títulos? ¿O tiene preferencia por determinados autores?

—El trabajo de selección no me preocupa demasiado —dije con sinceridad—. Compro al peso.

—¡Magnífico! ¡Magnífico! —exclamó efusivamente Emilio Crisantemo.

 

 

Encontré el libro entre las últimas adquisiciones. Su título me llamó la atención: Magia africana para influir sobre los acontecimientos, las personas y las cosas. El contenido resultó interesante.

Desde que Emilio Crisantemo se había convertido en mi socio, busqué sin cesar la manera de desembarazarme de él. Descarté el asesinato por ética profesional, y, sin embargo, comprendía que sólo la muerte podría librarme de mi colaborador, ya que nos unían lazos más indestructibles que los del matrimonio.

Cada vez se volvía más insoportable y exigente. Yo iba al mercado de los libros viejos todos los domingos, yo preparaba los paquetes, yo los llevaba a las diferentes estafetas de Correos y él se limitaba a leer las esquelas del periódico que yo le llevaba cada mañana a la cama, con el desayuno. Además, el negocio empezaba a declinar, porque yo, lógicamente, trabajaba con menos ilusión.

Me había levantado, como todos los días, a las seis de la mañana y había bajado al almacén para empaquetar. Emilio Crisantemo dormía. Aproveché aquellos momentos para hojear el libro de magia africana, y me detuve especialmente en el capítulo titulado: «Cómo perjudicar a las personas a quienes no se quiere bien». Los venenos preparados con plantas exóticas no me eran de ninguna utilidad, pues a Crisantemo no le gustaba la verdura. En cambio, me interesé por los procedimientos «para transformar a los amigos y esposas infieles en animales salvajes o domésticos». Existía una advertencia preliminar en la que se decía: «Cada persona tiene propensión, desde su nacimiento, a convertirse en un animal diferente. Es conveniente, antes de iniciar los sortilegios, concretar la clase de animal adecuado en cada caso. Resulta obvio señalar que una mujer lúbrica e incestuosa, por ejemplo, se metamorfoseará más fácilmente en un macho cabrío que en una anguila, aun siendo éste un animal que viva en el fango. Las transformaciones que estadísticamente obtienen mayor éxito suelen ser aquellas que convierten a los hombres plácidos y contentos de sí mismos en cerdos.»

A partir de aquel momento, me esforcé en averiguar qué clase de animal correspondía a la personalidad de Emilio Crisantemo. Para ello, observaba los movimientos y reacciones de mi socio, y anotaba sus palabras, cuando consideraba que éstas podrían serme de utilidad. Así, en una ocasión, dijo: «Mi padre tenía un perro lobo llamado Alfredo.» También dijo: «Las mariposas son inútiles, prefiero los sellos de correos.» Y también: «Hoy te he visto llegar del mercado, y venías cargado como un asno.» Pero Emilio Crisantemo no era lobo, ni mariposa, ni asno: era una jirafa. Lo comprendí cuando me dijo: «Los seres humanos estamos ante una tapia, y no conseguimos ver lo que hay detrás.» Un hombre que tiene curiosidad por saber lo que hay detrás de una tapia, estira el cuello. Un hombre que estira el cuello, tiene tendencia a convertirse en una jirafa. Emilio Crisantemo estiraba con frecuencia el cuello, era en él un ademán instintivo y revelador: cuando se afeitaba ante el espejo, cuando se hacía el nudo de la corbata, cuando se disponía a estornudar y cuando bostezaba.

Ahora se trataba tan sólo de contribuir con un poco de magia africana a estimular en Emilio Crisantemo esta natural tendencia a convertirse en jirafa. Las dificultades eran mayores de las previstas por mí, a pesar de que la primera fase de la operación me hizo concebir la posibilidad de una metamorfosis rápida. Le había preparado una sopa, según las indicaciones del libro, con el hígado de un perro vagabundo, dos pétalos de lirio, carne de hoja de palmera, cincuenta y tres gotas de vitamina A, una cebolla, cinco renacuajos y agua abundante de la piscina municipal. Los efectos no se hicieron esperar. Al día siguiente, síntoma inequívoco, Crisantemo amaneció completamente amarillo. El doctor diagnosticó ictericia, y me sentí bastante decepcionado cuando, al cabo de una semana de reposo y tratamiento, mi socio recobró su color normal.

Estaba de muy buen humor, y me dijo:

—Tenemos una profesión privilegiada y trascendente. Vender libros a los muertos es una ocupación que enaltece.

En el transcurso de aquella semana me sorprendió en dos o tres ocasiones haciéndole los indispensables pases magnéticos mientras dormía. Me disculpé diciendo que estaba espantando los mosquitos. Ante todo, trataba de evitar que pudiera concebir la más mínima sospecha. Me rogó que dejara en paz a los mosquitos, pues le había despertado.

—Además —dijo—, a mí no me pican. Tengo la piel muy dura.

«Piel dura, de jirafa», pensé con optimismo. Y me puse muy contento cuando un día vi en su frente un cuerno incipiente. Mis esperanzas se desvanecieron, sin embargo, porque Crisantemo me explicó que se había dado un golpe contra la puerta.

—¿Estás seguro? —repliqué con reticencia.

—¡Caramba! ¿No ves el chichón?

—¿Y si no fuera un chichón? —sugerí cautelosamente.

—¿Qué diablos va a ser, entonces?

Me libré muy bien de revelarle mis suposiciones. Sabía que Emilio Crisantemo, a pesar de ser un hombre listo, distaba mucho de imaginar mis propósitos. Esta convicción me permitía desenvolverme con toda tranquilidad. Naturalmente, tampoco abandonaba el aspecto psicológico, que era muy importante, y le hacía sugerencias que encauzaran su pensamiento hasta conseguir crearle un favorable estado de autosugestión. Por ejemplo, no perdía la ocasión de ofrecerle un puro, sabiendo que él lo rechazaría.

—Ya te he dicho que no fumo.

Y entonces dejaba caer, de pasada:

—Tampoco fuman las jirafas.

Lo decía a media voz, de manera que él rara vez me oía, y si me preguntaba: «¿Qué dices?», yo me apresuraba a hablar de otra cuestión.

El día de su cumpleaños le regalé una corbata amarilla con lunares negros. No le gustó. Pero se la puso por delicadeza, y al cabo de un mes conseguí que usara calcetines amarillos, que con el traje negro y la corbata le daban todo el aspecto de una jirafa.

No me recataba en decírselo:

—Pareces una jirafa.

—¡Diablos! ¿Una jirafa?

—¿No te gusta? —preguntaba yo, y añadía—: ¡Quién pudiera ser una jirafa!

Con el pretexto de regalarle una camisa, medí la longitud de su cuello y al cabo de dos semanas volví a hacerlo, comprobando con satisfacción que el cuello de mi socio medía tres milímetros más.

Desde luego, había adquirido una visión realista de mis posibilidades y contaba ya con invertir tres o cuatro años en la labor de convertir a Crisantemo en jirafa. Lo importante, ya lo decía el libro, era no desistir en el empeño y aplicarse con paciencia y meticulosidad.

Estaba resignado a este proceso lento y, por tanto, la brutal revelación que supuso lo acontecido el dos de diciembre, me sorprendió tanto como pueda sorprenderles a ustedes.

Me había despertado temprano, como de costumbre, y antes de bajar al almacén entré en la habitación de mi socio para practicarle los cotidianos pases magnéticos. Suponía que estaba dormido, y me extrañó descubrir la cama vacía. Encima de la cama encontré esta nota:

 

«Estimado colega: Hacía tiempo que venía experimentando un extraño cambio, tanto psíquico como biológico. No te había comunicado nada al respecto para no alarmarte y porque tenía la esperanza de que solamente fuesen sensaciones subjetivas debidas al exceso de trabajo. Pero esta noche he podido darme cuenta, sin lugar a dudas, de que mis temores estaban fundados: me estoy convirtiendo en una jirafa. Te parecerá extraño, y puede que nunca llegues a dar crédito a mis palabras. Sin embargo, mientras te escribo estas líneas, mi cuello crece desmesuradamente y mis dedos se van a convertir, de un momento a otro, en pezuñas. Ignoro si tendré tiempo de pasar la frontera, como es mi propósito, para ingresar en algún parque zoológico del extranjero, donde nadie pueda reconocerme. No soportaría la sensación de ridículo que supone tener que dar explicaciones sobre mi embarazosa transformación. Por otra parte, no deseo dar lugar a un escándalo en la vía pública y prefiero entregarme por mis propios medios. Salgo corriendo. Sólo me resta agradecerte todo lo que has hecho por mí; mi propio papá no se hubiera ocupado más certeramente de mi porvenir. Adiós.

Firmado: Emilio Crisantemo.»

 

No lo esperaba, la verdad. Confiaba en la eficacia de la fórmula, desde luego. Pero no esperaba que sucediera tan bruscamente. A fin de cuentas, soy un honrado comerciante y no estoy acostumbrado a estos prodigios de la magia africana, ya que he viajado poco. De todas formas, lo hecho, hecho está, y, puesto que así lo quise, no tengo derecho a quejarme, aunque me gustaría saber para qué diablos querría Emilio Crisantemo, una vez convertido en jirafa, la cajita donde yo guardaba mis ahorros, fruto de años de trabajo, empaquetando y vendiendo libros, con el noble designio de elevar el nivel cultural de todos los muertos de este país.

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