De cómo vive un lector en Bs. As.

Un lector en Buenos Aires se acomoda en la cama, sábanas hasta las axilas, brazos afuera teniendo el libro abierto. El pelo previamente acomodado contra la almohada… No cae ni un mechón sobre su cara, la luz da de lleno sobre las páginas a descubrir.

… Pero la paz se quiebra cuando a este mismo lector le dan ganas de ir al baño… Y entonces recuerda los cuentos de la abuela y la chata mientras su vejiga aguanta a contra reloj línea trás línea sabiendo que irremediablemente en minutos tendrá que levantarse…

Put madr!

De como vive un lector en Moscú

Mi mejor amigo, Nacho Jubilla, está viviendo en Moscú y me mandó esto que comparto con ustedes. Spasiva Patas.

Un lector en Moscú siempre espera el viaje en metro. Las distancias entre estaciones son enorme y las escaleras mecánicas llegan a tardar 5 minutos (en algunos lados hay incluso mas de una). Por eso al lector se le hace fácil meterse rápidamente en cualquier historia y permanecer ahí mucho más de lo que permiten la mayoría de las circunstancias urbanas. Tanto se concentra que cuesta volver a cerrar el libro y promete hacerlo en el próximo punto mientras ya fuera de la escalera mecánica empieza a caminar sin sacar la vista del párrafo. Se interrumpe sólo cuando choca accidentalmente a una señora rusa que va apurada y cargada camino al trabajo. Ella lo mira con mala cara. El lector se esfuerza y dice: “Isvinite pashalsta”. La señora ni siquiera vuelve a mirar y se va.
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El lector guarda el libro en el bolso y se deja llevar por la manada de gente hasta la salida, esperando la vuelta en metro.
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De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires quiere conseguir esos cds donde se leen cuentos para poder manejar y escuchar. Caminar y escuchar. Bañarse y escuchar. Ya conoce de memoria los de Cortázar y Benedetti que tiene. 

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Ese mismo lector, sabe, en el fondo, sabe, y eso es lo más terrible que necesita más tiempo para leer. Y esa sensación se vuelve carne y da una especie de tristeza, de melancolía. Algo que solo se remedia con un saque de lectura que espera poder darse hoy.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

botticelli-primavera-detail-1482Un lector en Buenos Aires lee en Crónica una placa roja: Faltan 40 días para la Primavera. Se le viene a la cabeza el libro Primavera de Luto de Juan José Millás. Piensa en releerlo, y después, recuerda, que ya lo hizo tres veces. Ese mismo lector se sienta y sonrie.

“Supongo que su vida no ha sido menos infernal que la mía. Ambos nos hemos acechado en secreto durante todos estos años, porque de la supervivencia de uno dependía la existencia del otro. Él consiguió la gloria que a mí me permitió transformar en materia literaria todas mis obsesiones, y lo cierto es que ahora —al final de la vida— poco importa ya quién firmó aquellos libros, pues como ya expresé al principio de esta declaración, la identidad no existe ni existe el individuo, pues nada hay en él, excepto sus uniformes y medallas, capaz de hacerlo diferente de los demás mortales. Hay animales que están formados de otros varios y en los que los órganos correspondientes ejecutan funciones distintas; en tales casos, sólo la totalidad puede considerarse un individuo”.

Les dejo dónde leer el cuento entero: Trastornos de carácter, parte del libro.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires raya los libros. Los escribe, dibuja, marca. Usa distintas biromes y hasta resaltadores para marcar lo que le gustó. Un lector en Buenos Aires escribre frases al costado del texto…

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Ese mismísimo lector moriría de verguenza si alguien lee lo que marcó o escribió. ¿Será por eso que no prestamos libros?

De cómo vive un lector en Buenos Aires

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Un lector en Buenos Aires ama estar enfermo. Un fuerte dolor de garganta, de esos que no lo dejan hablar, le da felicidad. Los ataques de hígado o los grandes resfríos son bálsamos para un lector…

Lo que un lector en Buenos Aires detesta con todo su ser, es la fiebre. La única enfermedad (además de una pelea de pareja) que te mantiene en cama, pero no te deja leer.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

20080319220930-moumineUn lector en Buenos Aires odia los domingos a la noche. Se da cuenta de que el fin de semana terminó y no llegó a leer todo lo que tenía ganas de leer. Esa novela sigue sin final… El libro de cuentos espera y ni qué hablar del libro de Teoría e Historia de la Microficción que encontró en la última feria del libro. Ese, pobrecito está al bordo de ahorcarse con los cordones de las zapatillas que descansan bajo la mesa de luz.

El dilema eterno: Diario de Domingo, revista de Domingo, revista del otro diario del domingo, revisar Internet, chequear mails …

El lector apoya la cabeza en la almohada y piensa: O me informo o soy feliz, una de dos.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires puede llegar a la desesperación: Leer mientras camina. A tropezarse con gente, a sufrir lesiones de tobillo, a crear un caos de tránsito, a desesperarse por una palabra más, por esta frase:

“Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”.

Flavia Da Rin(2)

Gaspar Camerarius, en Deliciae Poetarum Borussiae, VII, 16. (Le régret D´Héraclite, de Jorge Luis Borges).

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires disfruta los partidos de la Selección Nacional. Dije, disfruta? Ama los partidos de la Selección.

Llega a su casa, corre a su habitación, prende la televisión y mientra escucha el Himno Nacional cacha el libro que tiene en la mesa de luz. Se acomoda retorciéndose entre el acolchado como si tuviera frío y sonríe. Sabe que por 45 minutos, el entre tiempo y otros 45 minutos no sonará el celular, nadie tocará el timbre y no escuchará la fatal pregunta: ¿Qué estás haciendo?

bergGonzalito, vení, dame un abrazo!

De cómo vive un lector en Buenos Aires…

Un lector en Buenos Aires se levanta el sábado a las 8 de la mañana… Obviamente no es para leer, tampoco para trabajar. Espera al electricista.

Julio llega corriendo pasadas las diez. El lector está sentado en el departamento desértico con un libro en sus manos, lo recibe con una sonrisa. Julio lo mira rígido, esperaba -nervioso- otra expresión en su cara.

electricista

Como iba a saber que su cliente era un lector y que necesitaba justo dos horitas para terminar de leer Fantasmas en el parque de María Elena Walsh.