Microficción de miércoles

En el Reino de Ch´i vivía un viejo pintor.

Su obra maestra era una alta y delgada tela,

sobre la que estaba la figura de una hermosa,

hermosa mujer, que no tenía corazón.

“No es posible –se dijo-.

Está incompleta.”

Entonces le puso un órgano con cuerdas,

espacios, formas y armonías,

y la capacidad de ser buena, sentir y amar.

Pero la mujer, viendo que sólo era una tela pintada,

aunque de corazón viviente,

se vengó del pintor,

y lo mató.

Chang Tiza. Ducado de Ts´in.

Alberto Laiseca en Poemas Chinos. Editorial Gárgora.

Imágen: Lucio Fontana y uno de sus tajos.
Anuncios

El libro que Solange no terminó de leer…

Hoy dictaron la absolución de Lucila Frend, única acusada en el crimen de Solange Grabenheimer. El veredicto del tribunal de San Isidro fue por unanimidad de los tres jueces, sin embargo los familiares de Solange, en principio su madre, aseguró disconforme con el fallo al salir: “Ojalá que Lucila no mate más a nadie”.

Vengo siguiendo el caso hace meses, pero recién hoy descubro leyendo el expediente este dato que no tuvo mucha divulgación: El último libro que Solange estaba leyendo. El libro que no terminó….

Según la licenciada Sandra Musumeci, perito oficial de gendarmería que realizó el estudio para el caso, Sol estaba leyendo la novela de Isabel Allende “Eva Luna”. La historia publicada en 1987, según declaró la perito, “trata sobre una chica que crece en un mundo masculino y obtiene contención en el ámbito de la homosexualidad y la prostitución”.

 

 

Musumeci, además, había asegurado que de acuerdo a lo que pudo apreciar en su estudio, Solange tenía conflictos con su amiga por la convivencia, con su padre Roberto Grabennheimer por su trabajo y con su novio Santiago Abramovich por las idas y venidas. “Sol estaba atravesando una profunda crisis existencial. Estaba a punto de cambiar su estilo de vida, reorganizando sus valores. Lo prioritario para ella era lo social, no lo laboral“, dijo la especialista.

Microficción de Jueves

Lo terrible sucede una mañana de éstas. Usted sale de su casa y olvida la cara en el espejo. Anda todo el día sin saberlo. Es decir, que nadie se lo dice. Nadie le reprocha tanta lisura, esa página neutra en lugar del rostro. En realidad, usted piensa que nadie lo mira ni lo ha mirado nunca, preocupados como están los demás por sus propias arrugas. Pero no es así. Ellos murmuran. Y el murmullo crece como una música indeseable. En voz baja, con guiños cómplices y esquelas anónimas que cruzan la oficina, conspiran contra usted. Tampoco sus vecinos o su mujer o sus hijos le señalan el olvido. Nadie parece advertirlo. Tampoco usted, lógicamente, que al mirarse nuevamente en el espejo, recupera la cara perdida.

Olvido de Orlando Van Bredam.

Sobre el descenso de River, escribe Neuman

Durante mi infancia argentina, River era el equipo que ganaba. Yo era de Boca, o de lo que había quedado de Boca tras la marcha de Maradona. El don de Maradona siempre fue salvar a los equipos para después dañarlos: lo mismo que hizo consigo mismo. Pasé mis primeros años de conciencia futbolística (con perdón del oxímoron) viendo quedar a River por encima de mi equipo, viendo al Beto Alonso y al príncipe Francescoli mostrarse inalcanzables. Llegué a pensar que ser de Boca era una extraña forma de lealtad a la derrota. Más o menos como ser del Atleti de Madrid. Después los años 80 y mi infancia terminaron. Boca empezó a ganar. Y yo no estaba allí. River volvió a ganar. Y yo seguía aquí. Poco a poco fui perdiendo el contacto con el campeonato argentino. Los años, los goles, los nombres se sucedieron. Hoy, por primera vez en toda la historia, River desciende de categoría. Y es ahora cuando, súbitamente, tres décadas más tarde, siento a River cercano. Pienso: así era mi equipo. El que perdía.

El Clásico, Andrés Neuman.

La verdadera historia de Caperucita Roja

La coartada de Caperucita era simple. Una visita a su abuela termina tragicamente cuando la anciana es devorada por un lobo malvado. El problema fue cuando los peritos forenses abrieron al lobo que había sido atrapado por un leñador. En su interior encontraron a una dulce jóven, estudiante de letras, con los restos de una fiesta, y el cinturonga aún puesto.

Ga. La.  

Imágen: Goldfrapp

Más: La verdadera historia de La Princesa y el Sapo.

Microficción de Lunes post Día del Padre

En cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección del otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera –una inspección de la compañía de seguros, o algo así–, y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica perfecta del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso. De vuelta en casa, esa noche me dediqué con malévolo placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio. De pronto recordé la vez que, siendo un niño, rompí el jarrón chino que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía incluso imaginarlo al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar.

Doble vida es una de mis preferidas de Eduardo Berti.

Imágen: El Gran Pez.

Mentira

Yo le creí. Pero él me mentía en todo. En su color de pelo, en la nariz respingada, en su cara y en que me amaba.Manuel me embaucó desde el principio, armando un encuentro del destino, cuando ahora sé que él ya me conocía. Para no levantar sospechas siguió todos los pasos del proceso geográfico: mi casa, la suya, la venta de ambas y nido compartido. Minuciosamente encaminó los pasos del amor: la pasión inicial, el acostumbramiento, las infidelidades y el reflote con terapia de pareja. Pero la convivencia se volvió un infierno. Peleas continuas, dejar el dentífrico destapado a propósito, sexo eventual y mantener las formas en reuniones sociales. Cada vez él tiraba más de la soga. En la peor de las discusiones que tuvimos, cuando me arrojó todos los platos de la cocina y yo le rayé el auto de punta a punta. Desquiciada, le grité:

– Te odio.

– Es lo que quería.

– El único hombre que me quiso fue Esteban, jamás lo tendría que haber…

– Es cierto.

– ¡Sos estúpido! Estoy prefiriendo a otro, no a vos.

Manuel con tranquilidad, se abrió el cuero cabelludo y me mostró la cicatriz que Esteban tiene en la cabeza.

Corta gran mentira de Analía V. Bustamante. Robado de Cuentosymás.

Imágen: Tute, visiten su blog, muy bueno!