Tengo miedo

Tengo miedo al silencio
Tengo miedo a la oscuridad
Tengo miedo de caerme
Tengo miedo al insomnio
Tengo miedo al vacío

¿Falta algo?
Si, falta algo y siempre faltará
La experiencia del vacío

Faltar
¿Qué te falta?
Nada
Soy imperfecta pero no me falta nada
Tal vez me falta algo pero como no lo sé no sufro
Estómago vacío casa vacía botella vacía
Caer en un vacío es señal del abandono de la madre.


I Am Afraid, 2009 -Tengo miedo- Tejido. 110,5 x 182,9 cm.

Visiten la muestra de Louise Bourgeois “El retorno de lo reprimido” en PROA.

Leer más »

Todos tus muertos

I´ve been saying goodbye for years.

So why won´t you go?

You are dead.

And we´d been divorced for 12 years.

How is it you reppear,

uninvited, presumptuous, self- centered

as always,

content to show up in my mind´s eye-

there, under those almond trees

where we rode our bikes on my 20 th birthday,

in the Italian countryside;

or sliding up beside me

al traffic ligths,

a phantom with your pale hair,

reddish beard, round face?

I´m sorry.

I´m tired of these ghostly visitations

Go now.

Rest.

I forgive you.

What the dead do, Cher Holt- Fortin, robado de Regrests Only. Edited by Martha Manno.

Photo: ©Christopher Linn if interested in buying and/or using images seen, contact me by email christopher.t.linn@gmail.com

Mi padre, Raymond Carver

La invención de la soledad de Paul Auster comienza cuando el protagonista levanta el teléfono de la cocina. Es domingo por la mañana, sabe que no puede esperar nada bueno de ese llamado. Se entera: Su padre ha muerto.

Esta imágen siempre me da vueltas por la cabeza. Le voy cambiando la ropa al protagonista, o las tonalidades de aquella cocina, pero siempre está ahí, al acecho.

Hace muy poco, leí este extracto donde Raymond Carver cuenta cómo fue el momento en que llamaron a su casa para decir que su padre había muerto. No fue él quién atendió el teléfono como en el caso de la novela de Auster, ni siquiera estaba en la casa. La que atendió fue su mujer.

(La traducción es mía, son los riesgos de  confiar, sino vayan a Ñ, todo bien)

El nombre de mi padre era Clevie Raymond Carver. Su familia lo llamaba Raymond y sus amigos C.R. A mí me pusieron Raymond Clevie Jr. Odiaba la parte de “Junior”. Cuando era chico mi papá me llamaba Frog, que estaba bien para mí. Pero después, al igual que el resto de mi familia, empezó a llamarme Junior. Siguió llamándome así hasta que tuve trece o catorce años y dije que no iba a responder más a ese nombre. Entonces empezó a llamarme Doc. Desde ese momento hasta el día de su muerte, el 17 de junio de 1967, me llamó Doc o hijo.

Cuando él murió, mi madre llamó a mi mujer para avisarle. Yo  estaba un poco ausente de mi familia en esa época, tratando de entrar en la Universidad de Iowa. “¡Raymond murió!”.

Por un momento, mi mujer pensó que mi madre estaba diciéndole que yo estaba muerto. Después mi madre fue más clara y le dijo de qué Raymond estaba hablando y mi mujer dijo: “Gracias a Dios. Pensé que te referías a mi Raymond”.

Robado de Call If You Need Me, the uncollected fiction and other prose.

Raymond Carver.

En literatura, no

“¿Surgió? (silencio) Que surja en la danza, mi amor. En literatura, no. No…  Como me gustaría que las máquinas de escribir tuvieran notas, así nos ahorraríamos de leer tantas boludeces”, Pablo Ramos a una alumna en La Paternal, Abril 2011.

Volvió mi querido Pablo Ramos. Y volvió como siempre, directo al hueso.

TwitteRelatos

Mi papá me roba los antidepresivos y anda contento mientras yo lloro. Le voy a decir que me pida perdón, pero no por eso.

(Povazka Hlad)

Camina cada día por Santiago como si algo buscara. Y no es una calle, tampoco una pega. Lo que busca es que lo encuentren. (Rubén Sagredo)

Leía para escapar de los asesinos. No contaba con Cortázar. (Jezreel Salazar).

La Biblioteca de Santiago hizo un concurso vía Twitter. De los 16 ganadores a mi me gustaron estos tres. El resto los pueden leer acá.

Imágen: Amelie, obvio.

Microficción para despertarse un Lunes de febrero…

Dormí muy poco. Para despabilarme, pensé en leer esta microficción. Sabía que alguna vez la había subido a eblogtxt. Esto fue lo que encontré. Hace un año, en Enero, escribía… “Después de un buen fin de semana, después del insomnio del domingo, después de dormir sólo 5 horas… Me despierto -hoy- lunes recordando esta microficción que bien podría llamarse, Microficción para levantarse un Lunes de enero…”.

Qué circular soy.

360990858_41be40987f1

Última elección

El pez resuelto al suicidio evita veloz la red en la que moriría con sus compañeros, pasa de largo frente al anzuelo del pescador rutinario que hojea una revista y traga sin dudar el de un niño que recordará mientras viva los
espasmos terribles de su asfixia.

Raúl Brasca

Paul Auster de regalo…

El partidazo me manda este fragmento tomado del libro de Paul Auster, El palacio de la Luna… No puede existir mejor regalo.


“Como era de esa clase de personas que siempre están soñando con hacer otra cosa mientras están ocupadas, no podía sentarse a practicar una pieza sin detenerse a resolver mentalmente un problema de ajedrez, no podía jugar ajedrez sin pensar en los fracasos de los chicago Cubs, no podía ir al estadio de beisbol sin acordarse de un personaje secundario de shakespeare y luego, cuando al fin volvía a casa, no podía sentarse con un libro más de veinte minutos sin sentir la urgente necesidad de tocar el clarinete. Por lo tanto, donde quiera que estuviese y dondequiera que fuera, dejaba tras de sí un desordenado rastro de malas jugadas de ajedrez, marcadores con resultados provisionales y libros a medio leer”.

Gracias Ramaaa!

Desarticulaciones, Sylvia Molloy

Terminé de leer un libro especial. Rápidamente uno puede notar cuando un libro lo es. Cada palabra impacta distinto, se siente en el cuerpo. Este libro me cortó la respiración en varias oportunidades, me sacó algunas risas y todavía da vueltas por mi cabeza. Les presento a Desarticulaciones:

La narradora visita casi diariamente a M.L. con quien compartió una estrecha amistad (o más), y ahora padece de Alzheimer. A partir de estos encuentros va construyendo un relato sobre la desarticulación de una mente que va olvidando de manera desprolija, no lineal. “Tengo que escribir estos textos mientras ella está viva, mientras no haya muerte o clausura, para tratar de entender este estar/no estar de una persona que se desarticula ante mis ojos. Tengo que hacerlo así para seguir adelante, para hacer durar una relación que continúa pese a la ruina, que subsiste aunque apenas queden palabras“.

Los relatos de Sylvia Molloy podrían entenderse hasta acá como un acercamiento a la enfermedad, pero va más allá. La autora toma las desarticulaciones para reflexionar sobra la construcción del yo, sobre el sujeto de la enunciación, el punto de vista… ¿Cómo dice yo el que no recuerda, cuál es el lugar de su enunciación cuando se ha destejido la memoria? Un lugar interesante para pararse a reflexionar sobre la memoria, el contacto con los otros, con uno mismo, la realidad,  la ficción y si esta oposición  deja de tener sentido cuando alguien no recuerda, ¿Qué sentido adquiere – entonces- para los otros?

Cuando empezó a perder la memoria (digo mal: solo puedo decir cuando yo noté que empezaba a pederla) comenzó a usar mucho más las manos. Llegaba a un lugar conocido y se ponía a tocar cuanto había sobre una mesa, un estante, como un chico toquetón, de esos para cuyas visitas hay que preparar la casa escondiendo objetos o poniéndolos fuera de su alcance (…) le dije irritada “por favor no toque nada”. Me costaba aceptar que había empezado a poner en práctica, instintivamente, la memoria de las manos. Como la Greta Garbo de Reina Cristina, estaba recordando objetos, no para almacenarlos en su mente sino para orientarse en el presente”.

Que sí lee y escribe:  Quiza

Vuelvo otra vez a Buenos Aires, voy a visitarla, le llevo de nuevo alfajores. Pongo la caja sobre la mesa, es para vos, le digo. Mira la caja, lee “Havanna” y me pregunta qué es. Le señalo el dibujo del alfajor en la caja y reconoce, alfajor, qué rico, dice, como un chico contento. A los diez minutos, señalando la caja, me pregunta qué es. Ya no puede leer “Havanna” pero, mirando la palabra que precede a la marca dice, triunfante, “Alfonsina”. En vano le señalo el dibujo del alfajor, no sé qué es, me dice.

Más textos en ADN. o en el Blog de Eterna Cadencia.

Microficción #FFelina

En el comienzo, Dios creó al gato a su imágen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventina, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar. Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede ser incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música. Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

Los esclavos de Jacques Sternberg, Cuentos Glaciales.

Terminé de leer el libro editado por los amigos de La Compañía. Muy bueno. Son 300 textos, 300 ideas. Microrrelatos para regalar en estas fiestas o para llevarse de vacaciones. Cortitos, con humor, ironía, inteligencia. Sternberg le da vueltas y vueltas a ciertas temáticas y objetos: La modernidad, los espejos, los robots, las máquinas, el paso del tiempo, los animales, las construcciones.

Imágen: Mr. Mau, gentileza de Ragus.

Un cuento de Navidad, por Samanta Schweblin

Eterna Cadencia recuerda cuentos que ha publicado a lo largo del 2010 en su blog. Uno de ellos se lo pedimos a Samanta Schweblin y es uno de mis preferidos de su último libro de cuentos: Pájaros en la boca. Con ustedes, Papá Noel duerme en casa:
pájaros en la bocaLa navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

-Se la enviamos a Papá Noel -y le pasó el sobre.

El tipo de la ventanilla ni saludó, porque había mucha gente y se ve que ya estaba cansado de tanto trabajo, la época navideña debe ser la peor para ellos. Tomó la carta, la miró y dijo:

-Falta el código postal.

-Pero es para Papá Noel -dijo papá, y le sonrió, y le guiñó un ojo, se ve que para hacerse amigo, y el tipo dijo: -sin código postal no sale.

-Usted sabe que la dirección de Papá Noel no tiene código postal -dijo papá.

-Sin código postal no sale -dijo el tipo, y llamó al siguiente.

Y entonces papá trepó el mostrador, agarró al tipo del cuello de la camisa, y la carta salió.

Leer más »

No digáis que agotado su tesoro…

Recuerdo el verano  en que me obsesioné con Gustavo Adolfo Bécquer. Una tía me había regalado sus libros de rimas y me pasé todas las noches de esas vacaciones leyéndolos una y otra vez. Me los sabía de memoria. Hoy se conmemora su muerte y fue mi excusa para rastrearlos y descubrir que todavía recuerdo las palabras exactas, la musicalidad en mis labios al leerlos… Ahora, viejos, me sacan una sonrisa. Les dejo los que más recuerdo:   

*
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugo su llanto
y la frase en mis labios expiró.
 
Yo voy por un camino: ella, por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún, ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá, ,¿por qué no lloré yo?
 
*
Alguna vez la encuentro por el mundo
y pasa junto a mí
y pasa sonriéndose y yo digo,
¿como puede reír?
 
Luego asoma a mi labio otra sonrisa,
máscara del dolor,
y entonces pienso: Acaso ella se ríe,
como me río yo
 
*
Leer más »