Andrés Rivera adicto a la televisión

Decidió no ir a la Feria de Frankfurt –donde Argentina fue invitado de honor– porque lo consideró sólo una forma de exhibicionismo. Horacio Bilbao y Franco Torchia de Revista Ñ entrevistaron al escritor Andrés Rivera  y hablaron sobre la Feria de Frankfurt, el Bicentenario, Borges, los nuevos escritores y dos temas que rescato, la tecnologia y la televisión… Dice, mi querido Rivera:

LOS ULTIMOS LIBROS. Serán "Kadish" y "SO4H2".

Una expresión que no se usa. ¿Qué pasa con la lengua? Estamos reducidos a cuatrocientas palabras, y yo no voy a responsabilizar de eso a ese aparato, eh. Me refiero a la televisión. Creo que esto proviene de una enseñanza defectuosa, que es un término muy suave, muy light. Creo que tiene que ver con un designio de las clases dominantes de reducir el idioma de los argentinos –una vez más Borges– a esas cuatrocientas palabras.
 
¿Tiene también que ver con el cambio tecnológico? Yo dormiría, por ese lado. Más aún, yo que no sé manejar computadoras, y eso es un error, pero me alcanza… estoy muy ligado al cuaderno y a la lapicera y a… no va más, para mí, eso. No se puede atribuir a la tecnología esta poda de un idioma tan rico como el argentino. No. La tecnología tendría que ayudar. Como suponer que –ahora es pintoresco, pero- suponer que se acababa el mundo cuando se conoció el ferrocarril, y entonces, se terminaron las diligencias; el Gral. Quiroga, ya moría en un tren, no en coche, como lo llamó Borges. Ustedes, la inteligencia de ustedes, los periodistas, ¿se reduce porque tienen que trabajar con computadoras? Hay que pensar, ustedes piensan, la computadora no. La computadora a lo sumo puede guardar, por lo poco que sé de ellas, lo que ustedes piensan; pero ustedes lo tienen que escribir, eso.

¿A qué otra cosa se está dedicando en ésta, su segunda juventud? La televisión. Soy un adicto a la televisión. Es una práctica para mí muy interesante. Porque suelo escuchar, de pronto, a invitados a TN. Algunos hablan muy bien, y a otros les tengo que poner las comas, los puntos y coma. Y advierto cuán invadidos están por una autoestima que no se merecen, que se la adjudican ellos mismos. Y de eso también aprendo. No hay que hablar tanto de uno mismo.

 

Dime cómo escribes y te diré que manía tienes

Esto intenta develar el escritor italiano Francesco Piccolo en su nuevo libro Escribir es un tic. Les dejo unos pasajes del mismo y un aporte propio, más abajo…

“Hay escritores que necesitan silencio y soledad para concentrarse, como es el caso de León Tolstoi, y algunos como Jean Paul Sartre y Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que escribían en un café, rodeados de gente. A otros, como a la francesa Marguerite Duras, les bastó con tener al lado una botella de whisky. Los hay noctámbulos, como Marcel Proust, que escribía sólo de noche y en la cama, o mañaneros como Paul Valery que lo hacía sólo de 4 a 7 de la mañana. Kafka confesaba que el ritmo de su vida estaba organizado exclusivamente con visitas a escribir. Mark Twain, con precisión obsesiva, llevaba la cuenta de las palabras que había escrito durante el día: “en sus manuscritos se pueden ver pequeños números escritos a lápiz cada equis páginas”, consigna Piccolo. Hemingway cuando escribía, llevaba como amuleto en el bolsillo derecho “una castaña de Indias y una pata de conejo raída, con los huesos y los tendones relucientes de tanto sobarlos”.

EXT0005

Cuando le hice una entrevista a Andrés Rivera, en 2004 o 2005, no me acuerdo bien, me contó esto:

“Escribo a mano en cuadernos rayados y con lapicera Parker azul de cartuchos largos. Me levanto a las 8 de la mañana, compró el diario y lo leo. Después releo mis  papeles. Algunos tienen ideas que se me ocurren de noche, otros palabras sueltas, en fín, los ordeno y leo las hojas que escribí el día anterior. Hago correcciones sobre los últimos escritos y ya estoy listo para empezar. No escribo todos los días, soy muy riguroso con mi trabajo. En esta hoja anoto el día que es, luego la hora en que comienzo a escribir y en la que termino. Después registro hasta la página que llegué. A veces juego conmigo mismo y me digo: “¿Llegaré alguna vez hasta la página 70?”. Ahora voy por la página 23… No es un lindo número me gustan los números múltiplos de 3, trato de terminar mis libros en esos números”.

Aprendíz de Escritor

riveraEntrevista al escritor Andrés Rivera

Son las 10 de la mañana, Andrés Rivera se arrima a la mesa de su departamento dos ambientes sobre la calle Etcheverría en el barrio de Belgrano  y acomoda sus papeles. Hace apenas 10 minutos estaba escribiendo. La mesa que usa como escritorio está cubierta de anotaciones y lapiceras: “Tengo muchas y todas son las mejores, tengo un edén de lapiceras preferidas” cuenta abriendo sus ojos azules. Está escribiendo a mano su próxima novela sobre un cuaderno rayado y con una lapicera Parker azul de cartuchos largos, va por la página 23. Sin embargo, aún no tiene nombre y saldrá en apenas dos o tres meses.

-¿Cómo es su rutina cuando escribe?

Me levanto a las 8 de la mañana, compró el diario y lo leo. Después releo mis  papeles. Algunos tienen ideas que se me ocurren de noche, otros palabras sueltas, en fín, los ordeno y leo las hojas que escribí el día anterior. Hago correcciones sobre los últimos escritos y ya estoy listo para empezar.

-¿Escribe todos los días?

No, acá tengo todo anotado, soy muy riguroso con mi trabajo. En esta hoja anoto el día que es, luego la hora en que comienzo a escribir y en la que termino. Después registro hasta la página que llegué. A veces juego conmigo mismo y me digo: “¿Llegaré alguna vez hasta la página 70?”. Ahora voy por la página 23… No es un lindo número me gustan los números múltiplos de 3, trato de terminar mis libros en esos números.

-¿Cuándo se termina una obra, cuándo se dice “fín”?

Mire, toda escritura es provisoria. Yo gané un premio en 1992 – recibió el Premio Nacional de Literatura- por “La revolución es un sueño eterno”, pero si me lo dieran hoy, y tuviera tiempo, lo reescribiría. Ese libro fue provisorio, lo terminé porque mi cabeza no me permitió seguir. Yo creo que uno dice “fin” cuando su cerebro lo hace. Además yo soy un aprendiz, considero que todos lo somos, los maestros ya murieron. Ellos eran: Roberto Arlt, Julio Córtazar, Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Raymond Chandler, William Faulkner…

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Punto Final

Varieté que transita entre un departamento en Buenos Aires, los recuerdos de una madre muerta sobre un episodio sangriento en Ucrania, una prisión donde se intenta descubrir si las luchas han sido triunfantes y un campo en Córdoba donde los asesinatos fluyen con la naturalidad como “quien hace pis en un árbol”.
En ese contexto transitan las profundas preguntas que Andrés Rivera se hace en su último libro en medio de historias de muerte, traición y luchas perdidas. De igual manera los personajes van sorteando las fechas y los lugares para encontrarse en pensamientos y resoluciones.
El maestro Rivera cuenta esta historia salpicándola con datos históricos, reflexiones críticas de corrientes políticas, literatura y hasta películas que cualquiera encuentra un domingo a la tarde en I-SAT.
¿De qué trata, entonces, la historia? Es difícil armar un argumento. Digamos que se centra en la vida de un obrero textil y periodista jubilado, Arturo Reedson, que va recordando momentos de la historia por la voz de su madre muerta e intercalando otras historias a su itinerario personal.
La reflexión se hace presente en esta trenza de vidas. Como él mismo escribe: “¿Le digo, yo, periodista jubilado, que el destino es la excusa de los burgueses para apaciguar sus conciencias, si es que las tienen?”.

(121 hojas. $24. editorial Seix Barral)

Gabriela Larralde

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