Poema de Clarice Lispector


Imágen: Elizabeth Dorcy.

Más allá de la oreja, existe un sonido, la extremidad de la mirada, un aspecto, las puntas de los dedos, un objeto: es allí a donde voy.
La punta del lápiz, el trazo.
Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría, otra alegría, en la punta de la espada, la magia: es allí a donde voy.
En la punta del pie, el salto.
Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.
¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.
En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Dsepués de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.
Es hacia mi pobre nombre adonde voy.
Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener ojos verdes y que nadie lo sepa.
En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras.
¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo.
Yo, al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.
Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente.
¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Es allí a donde voy, CLARICE LISPECTOR (Del libro ‘Silencio’, ed. Grijalbo Mondadori, 1988).

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Domingo, mate y Lispector

Ella tenía hipo. Y como si no bastara la claridad de las dos de la tarde, era pelirroja.
En la calle vacía, las piedras vibraban de calor: la cabeza de la chiquilla llameaba. Sentada en los escalones de su casa, lo soportaba. Nadie en la calle, sólo una persona esperando inútilmente en la parada del tranvía. Y como si no bastara su mirada sumisa y paciente, el hipo la interrumpía a cada momento, sacudiendo el mentón que se apoyaba amoldado en la mano. ¿Qué hacer con una chica pelirroja con hipo? Nos miramos sin palabras, desaliento contra desaliento. En la calle desierta ninguna señal de tranvía. En una tierra de morenos, ser pelirrojo era una involuntaria rebelión. ¿Qué importaba si un día futuro su marca iba a hacerla erguir insolente una cabeza de mujer? Por ahora estaba sentada en un escalón centelleante de la puerta, a las dos de la tarde. Lo que la salvaba era un monedero viejo de señora, con la cremallera rota. La aseguraba con un amor conyugal ya acostumbrado, apretándola contra las rodillas.

Fue entonces cuando se aproximó a su otra mitad en este mundo, un hermano de Grajau*. La posibilidad de comunicación surgió en el ángulo caliente de la esquina, acompañando a la señora, y encarnada en la figura de un can. Era un basset lindo y miserable, tierno bajo su fatalidad. Era un basset pelirrojo.

Allá venía él trotando, delante de la dueña, arrastrando su largura. Desprevenido, acostumbrado, perro.

La chica abrió los ojos asombrada. Suavemente avisado, el perro se paró delante de ella. Su lengua vibraba. Ambos se miraban.

Entre tantos seres que están preparados para volverse dueños de otro ser, allí estaba la chica que había venido al mundo para tener aquel perro. Él se estremecía con suavidad, sin ladrar. Ella lo miraba bajo los cabellos, fascinada, seria. ¿Cuánto tiempo estaba pasando? Un gran hipo desafinado la sacudió. Él ni siquiera tembló. También ella pasó por encima del hipo y continuó mirándolo fijamente.

Los pelos de ambos eran cortos, rojizos.

¿Qué fue lo primero que se dijeron? No se sabe. Tan sólo se sabe que se comunicaron rápidamente, porque no había tiempo . Se sabe también que sin hablar se pedían. Se pedían con urgencia, intrigados, sorprendidos.

En medio de tanta vaga imposibilidad y de tanto sol, allí estaba la solución para la chica pelirroja. Y en medio de tantas calles para ser trotadas, de tantos perros más grandes, de tantos desagües secos, allá estaba una chica como si fuera carne de su pelirroja carne. Se miraban profundos, entregados, ausentes de Grajaú. Un instante más y el sueño suspendido se rompería, cediendo tal vez a la gravedad con que se pedían.

Pero ambos estaban comprometidos.


Ella, con su infancia imposible, el centro de la inocencia que solamente se abriría cuando fuera una mujer. Él, con su naturaleza aprisionada.

La dueña estaba impaciente bajo la sombrilla. El basset pelirrojo finalmente se desprendió de la chica y salió sonámbulo. Ella quedó perpleja, con el acontecimiento en las manos, en una mudez que ni su padre ni su madre comprenderían. Lo acompañó con los ojos negros que apenas creían, doblada sobre el monedero y las rodillas, hasta verlo doblar la otra esquina.

Pero él fue más fuerte que ella. Ni una sola vez miró hacia atrás.

Tentación, de Clarice Lispector.

Fotografía a tono, perros y rojo es imposible no pensar en la colorada Renata Schussheim.

En la cartera…

Estoy leyendo Descubrimientos, de Clarice Lispector. Este libro es la segunda y última recopilación, que hace la gente de Adriana Hidalgo, de las columnas que la escritora publicó en el Jornal do Brasil entre 1967 y 1973. La primera, Revelación de un Mundo, me encantó y lo comenté en este post.

Ahora voy por la segunda y es tan buena como la primera.

(…) Si yo fuera el primer astronauta, mi alegría sólo se renovaría cuando un segundo hombre volviera allá desde el mundo: pues también él lo habría visto. Porque “haber visto” no es sustituible por ninguna descripción: haber visto sólo se compara con haber visto. Hasta que otro ser humano también hubiera visto, yo tendría dentro de mí un gran silencio, aun cuando hablara (…)

Felicidad de Domingo

No hay nada como encontrar algo que uno no buscaba…

Ahí estaba, esperando que yo torpemente cayera en él y debo decir que me emocionó:

La había leído, había visto muchas fotos suyas en biografìas e internet, pero nunca la había visto moverse, parpadear, tocar los cigarrillos culpables de su terrible accidente. Y entonces volvieron a mi sus palabras…

Estoy en.can.ta.da! Disfruten a Clarice Lispector.

Una vuelta por Brasil

Revelación de un mundo es un paseo por Copacabana de la mano de una de las mejores escritoras brasileñas (por elección, nació en Ucrania). Es una recopilación de los textos que Clarice Lispector publicaba los sábados en el Jornal do Brasil durante los seis años que trabajó en el diario (1967 – 1973) hasta ser despedida. Como lo hizo Roberto Arlt con sus Aguafuertes y lo hace hoy el español Juan José Millás con sus Articuentos, Lispector describe la vida cotidiana de su país.
La charla con un taxista, los enojos con sus empleadas, los errores como madre, su niñez, el trabajo, la comida y hasta la opinión de su analista sobre ella son algunos de los temas que indaga desde el misterio y la pasión del instante.
Con el ojo puesto en el detalle y en la magnitud de aquel Brasil, pinta la idiosincrasia en cada una de las páginas de este libro. Recomendado para leer arriba del colectivo, acostado en la cama, esperando en el dentista y tenerlo siempre a mano para visitar Río sin salir de casa.

Para leer algunas de las columnas.


Gabriela Larralde

Editorial Adriana Hidalgo. 330 páginas. $31.

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