Microficción #FFelina

En el comienzo, Dios creó al gato a su imágen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventina, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar. Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede ser incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música. Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

Los esclavos de Jacques Sternberg, Cuentos Glaciales.

Terminé de leer el libro editado por los amigos de La Compañía. Muy bueno. Son 300 textos, 300 ideas. Microrrelatos para regalar en estas fiestas o para llevarse de vacaciones. Cortitos, con humor, ironía, inteligencia. Sternberg le da vueltas y vueltas a ciertas temáticas y objetos: La modernidad, los espejos, los robots, las máquinas, el paso del tiempo, los animales, las construcciones.

Imágen: Mr. Mau, gentileza de Ragus.

Microficción dentrecasa

Me aprestaba a abrir la canilla cuando oí el ruido. Parecía provenir de las entrañas de las cañerías. Era una especie de estertor constante, un lamento que se arrastraba de la vida a la muerte, en cámara lenta. Aquello duró un instante. Después, nada. Abrí por fin la canilla, bruscamente. Y un chorro de sangre salpicó el lavamanos.

El estrector, robado de Cuentos glaciales, el libro de Jacques Sternberg que estoy leyendo. Cuando termine lo comento ampliamente.