De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires puede levantarse de mal humor. De muy mal humor. Puede no atender el teléfono o puede decir “Estoy de mal humor, no quiero hablar” y cortar. Este mismo lector puede enojarse consigo mismo y entonces privarse de leer y rehusarse a agarrar un libro…

Pero lo que seguramente este lector terminará haciendo hoy domingo, y es por eso que en el fondo sabe que tiene salvación, es leer y leer y leer hasta que los ojos ardan. Nanannanana I wanna be sedated!

Imágen: Marcelo Balquinta.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires se despierta con los párpados hinchados, los ojos como tajos de Lucio Fontana en una tela amarillenta que lejos quedan del bronceado que alguna vez existió. El color de ojos está más claro que de costumbre, un derrame se acerca peligrosamente a la pupila. No es bueno arrancar un lunes así…

El mismo lector antes de salir de su casa, agrega a su cartera tres libros pequeños de textos cortos… Sabe que la novela que está leyendo deberá esperar -por lo menos- hasta la noche, cuando los ojos vuelvan a su lugar.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires olvida cumpleaños, olvida comprar azúcar. Olvida personas con una facilidad escándalosa. Pierde dinero, esconde medias. No puede recordar teléfonos, mucho menos el nombre del alimento que su mascota debe comer. Por eso vomita, no porque extrañe. Pero un lector en Buenos Aires jamás olvidará el lugar exacto, preciso, donde duermen cada uno de sus libros, aunque hayan pasado mudanzas, arreglos de humedad, convivencias…

Ese mismo lector cuando queda en silencio un lunes a la noche mirando el piso, no está descansando. Está pensando – en caso de incendio- como salvar en la menor cantidad de tiempo la mayor cantidad de libros. Deja todo pensando en un rincón de su mente, porque se sabe que en esos momentos no se puede pensar, hay que actuar.

“El estante de los preferidos primero hacia el patio, luego se abre el baúl y se empiezan a tirar adentro los libros de la biblioteca derecha- con las dos manos- Se arrastra el baúl y se deja abierta la ventana del lado izquierdo. Una vez afuera, como se pueda, se van sacando los de la biblioteca que quedan a mano… “.

Ese mismo lector, que vive en Buenos Aires, no piensa en cómo salvar a su tortuga hasta después de terminar con los libros.

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De cómo vive un lector en Bs. As.

Un lector en Buenos Aires se acomoda en la cama, sábanas hasta las axilas, brazos afuera teniendo el libro abierto. El pelo previamente acomodado contra la almohada… No cae ni un mechón sobre su cara, la luz da de lleno sobre las páginas a descubrir.

… Pero la paz se quiebra cuando a este mismo lector le dan ganas de ir al baño… Y entonces recuerda los cuentos de la abuela y la chata mientras su vejiga aguanta a contra reloj línea trás línea sabiendo que irremediablemente en minutos tendrá que levantarse…

Put madr!

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires quiere conseguir esos cds donde se leen cuentos para poder manejar y escuchar. Caminar y escuchar. Bañarse y escuchar. Ya conoce de memoria los de Cortázar y Benedetti que tiene. 

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Ese mismo lector, sabe, en el fondo, sabe, y eso es lo más terrible que necesita más tiempo para leer. Y esa sensación se vuelve carne y da una especie de tristeza, de melancolía. Algo que solo se remedia con un saque de lectura que espera poder darse hoy.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires raya los libros. Los escribe, dibuja, marca. Usa distintas biromes y hasta resaltadores para marcar lo que le gustó. Un lector en Buenos Aires escribre frases al costado del texto…

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Ese mismísimo lector moriría de verguenza si alguien lee lo que marcó o escribió. ¿Será por eso que no prestamos libros?

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires disfruta los partidos de la Selección Nacional. Dije, disfruta? Ama los partidos de la Selección.

Llega a su casa, corre a su habitación, prende la televisión y mientra escucha el Himno Nacional cacha el libro que tiene en la mesa de luz. Se acomoda retorciéndose entre el acolchado como si tuviera frío y sonríe. Sabe que por 45 minutos, el entre tiempo y otros 45 minutos no sonará el celular, nadie tocará el timbre y no escuchará la fatal pregunta: ¿Qué estás haciendo?

bergGonzalito, vení, dame un abrazo!

De cómo vive un lector en Buenos Aires…

Un lector en Buenos Aires se levanta el sábado a las 8 de la mañana… Obviamente no es para leer, tampoco para trabajar. Espera al electricista.

Julio llega corriendo pasadas las diez. El lector está sentado en el departamento desértico con un libro en sus manos, lo recibe con una sonrisa. Julio lo mira rígido, esperaba -nervioso- otra expresión en su cara.

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Como iba a saber que su cliente era un lector y que necesitaba justo dos horitas para terminar de leer Fantasmas en el parque de María Elena Walsh.

De cómo vive un lector en Buenos Aires

Un lector en Buenos Aires discute, como cualquier otro lector en otra parte del mundo. Pero un lector en Buenos Aires discute y al terminar la discusión no prende la tele, no se va a dar una vuelta, no saca al perro a pasear, no pone su cd preferido… niiiiii siquiera se prepara un café. Un lector.. termina de discutir y cacha su libro. Lo abre y se pone a leer placidamente.
-¿Cómo podes leer AHORA? escucha

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El lector en Buenos Aires no abre la boca, piensa. Siempre se puede leer, y este es -tal vez- uno de los mejores momentos para hacerlo, para no seguir, para no pensar, para despejarse, para meterse en otra historia, otro espacio, para relajarse, para alegrarse y -por supuesto, porque lo sabe- para inocentemente envenenar al otro.
– Estoy leyendo, ¿Qué tiene?

De cómo vive un lector en Bs. As.

Un lector en Buenos Aires ama los días de lluvia porque tiene la excusa perfecta para no salir, para suspender planes, para quedarse en la cama, para seguir leyendo todo el día… Para tener, un día perfecto.

 

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Warning! Conversación que puede ser interpretada como agresiva:

– ¿No querés hacer algo? Salir, dar una vuelta…

– No. Ya estoy haciendo ALGO… dijo, sin levantar la mirada del libro.