El mundo entero a golpe de vista

La microficción aspira a la perfección: “Cada palabra cuenta, vale decir, narra o relata”, dice David Lagmanovich.
Por G.L.

Los conocemos con el nombre de microcuentos, microrrelatos, microtextos, minificciones o textículos, y algunas definiciones los encierran en “la narrativa que ocupa el espacio de una página”. La norma principal pareciera ser su duración, la idea de que se pueda leer de un solo vistazo. Sin embargo, el escritor David Lagmanovich en su libro El microrrelato. Teoría e historia va más allá y afirma que la naturaleza del microrrelato no consiste solo en la extensión del texto, aunque sea su principio, sino también en sus rasgos: “Se busca la perfección. Cada palabra cuenta, vale decir, narra o relata. Todas las palabras son importantes”.

El primero microtexto que se cita al evocar el género es el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Tal es la fama que adquirió esta minificción en el mundo que el especialista mexicano Lauro Zavala escribió en 2002 El dinosaurio anotado, una recopilación de decenas de microrrelatos que surgieron a partir de la influencia de éste. Uno es el caso del escritor español Juan José Merino:

Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. “Te noto mala cara”, le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina.

Eduardo Berti escribió, también, en esta línea  “Otro dinosaurio”:

Cuando el dinosaurio despertó, los dioses todavía estaban allí, inventando a la carrera el resto del mundo.

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Historias Encontradas

Estoy terminando de leer este libro que reúne extractos de textos seleccionados por el escritor Eduardo Berti. En palabras del compilador: “Los cuentos que conforman esta antología son historias encontradas o, si se prefiere, historias semiocultas o sembradas por sus autores en el agitado mar de un texto más amplio“.

Conviven en él, autores de lo más variado, grandes nombres de la literatura: Goethe, Melville, Dostoievski, Dickens, Sartre, Camus, Ambrose Bierce, Italo Calvino, Balzac, Bolaño, Di Benedetto, Lawrence, Allan Poe, Guy de Maupassant… y la lista se amplia.

Leerlo es un placer, como toda selección se puede adherir en porcentajes a los textos elegidos, yo lo hago en un 85 por ciento. No creo que ningún lector de cuentos pueda bajar de un 60 por ciento de adherencia. Entre los cuentos que más me gustaron están: Un imitador de Mark Twain, Té o café de Harry Muslich, El encierro de Montague Rhode James, Las bestias no olvidan de Vita Sackville…

Transcribo uno: La confesión de la señora M de Goethe:

El señor M. es un viejo avaro, perverso y repugnante, que toda la vida atormentó y reprimió a su mujer; ella, sin embargo, supo sacar provecho de la situación. Habiéndola desahuciado el médico hace algunos días, mandó a llamar a su marido, y, en presencia de Carlota, le habló en estos términos: “Debo confesarte una cosa que después de mi muerte podría ser motivo de inquietud y pesares. Hasta hoy he administrado la casa con todo el orden y economía posibles; sin embargo, debo pedirte perdón porque te he engañado durante treinta años. Desde nuestro casamiento fijaste una cantidad muy pequeña para los gastos de comida y demás de la casa. Cuando esta prosperó y nuestros negocios levantaron vuelo, no pude lograr que aumentaras la suma destinada para cada semana; sabes que en los tiempos de nuestros mayores gastos me obligabas a solventar todo con un florín diario. Obedecí sin chistar, y cada semana extraje del cofre del dinero lo indispensable para cubrir mis atenciones, segura de que jamás se sospecharía que una mujer le roba a su marido. Nada he malgastado, y sin hacer esta confesión hubiera entrado tranquila en la eternidad; pero sé que la que me suceda en el gobierno de la casa no podrá manejarse con lo poco que tú das,  y no quiero que llegues a echarle en cara que tu mujer se las arreglaba bien con eso”.

J. W. Goethe, Werther.

Eterna Cadencia Editora. Más textos en su blog.

Contra las Microficciones

Acabo de leer en Perfil una nota que salió en la cuál se desvaloriza a la Microficción como género y no es la primera vez. Conozco muchos intelectuales y escritores que maltratan al Micro Cuento.  Es increíble, cada vez hay menos espacio para la Literatura, cada vez se lee menos y en vez de ampliar el espectro ayudando a que otras formas crezcan, se las critica desde adentro.

No estamos hablando de dos frases escritas al azar, estamos hablando de un género que crece a nivel mundial y que en la Argentina tiene grandes representantes como Ana María Shua, Luiza Valenzuela, Raúl Brasca, David Lagmanovich, Eduardo Berti…

Basta de intelectualidades estúpidas… Vamos con una Microficción:

Los acontecimientos del pasado son los que determinan el presente. Por ejemplo, si tus padres no se hubieran conocido, hoy no existirías. Cuanto más se retrocede en el encadenamiento de circunstancias que conforman la historia del mundo, más inesperadas y sutiles serán las consecuencias que acarree el hecho más nimio, en una compleja, casi infinita sucesión de concatenaciones. Por ejemplo, si durante el cretásico superior cierto plesiosaurio carnívoro no se hubiera comido los huevos que una hembra de triceratops desovó tontamente cerca de la orilla, quizá, vaya uno a saber, me seguirías queriendo…

Ana María Shua

Una microficción de Berti

Doble vida es una de mis micro preferidas de Eduardo Berti.

ojos-azulesEn cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección del otro hogar. Llamé a la puerta con una excusa cualquiera –una inspección de la compañía de seguros, o algo así–, y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica perfecta del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso. De vuelta en casa, esa noche me dediqué con malévolo placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio. De pronto recordé la vez que, siendo un niño, rompí el jarrón chino que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía incluso imaginarlo al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar.

Bertigo, pero no de U2

Siempre encuentro algún buen post en Bertigo, el blog del escritor argentino Eduardo Berti.

berti

Este es uno, de Preguntas:

¿Por qué el sombrero de la noche
vuela con tantos agujeros?

¿Qué dice la vieja ceniza
cuando camina junto al fuego?

¿Por qué lloran tanto las nubes
y cada vez son más alegres?

¿Para quién arden los pistilos
del sol en sombra del eclipse?

¿Cuántas abejas tiene el día?

de Pablo Neruda, “Libro de las preguntas”