Desarticulaciones, Sylvia Molloy

Terminé de leer un libro especial. Rápidamente uno puede notar cuando un libro lo es. Cada palabra impacta distinto, se siente en el cuerpo. Este libro me cortó la respiración en varias oportunidades, me sacó algunas risas y todavía da vueltas por mi cabeza. Les presento a Desarticulaciones:

La narradora visita casi diariamente a M.L. con quien compartió una estrecha amistad (o más), y ahora padece de Alzheimer. A partir de estos encuentros va construyendo un relato sobre la desarticulación de una mente que va olvidando de manera desprolija, no lineal. “Tengo que escribir estos textos mientras ella está viva, mientras no haya muerte o clausura, para tratar de entender este estar/no estar de una persona que se desarticula ante mis ojos. Tengo que hacerlo así para seguir adelante, para hacer durar una relación que continúa pese a la ruina, que subsiste aunque apenas queden palabras“.

Los relatos de Sylvia Molloy podrían entenderse hasta acá como un acercamiento a la enfermedad, pero va más allá. La autora toma las desarticulaciones para reflexionar sobra la construcción del yo, sobre el sujeto de la enunciación, el punto de vista… ¿Cómo dice yo el que no recuerda, cuál es el lugar de su enunciación cuando se ha destejido la memoria? Un lugar interesante para pararse a reflexionar sobre la memoria, el contacto con los otros, con uno mismo, la realidad,  la ficción y si esta oposición  deja de tener sentido cuando alguien no recuerda, ¿Qué sentido adquiere – entonces- para los otros?

Cuando empezó a perder la memoria (digo mal: solo puedo decir cuando yo noté que empezaba a pederla) comenzó a usar mucho más las manos. Llegaba a un lugar conocido y se ponía a tocar cuanto había sobre una mesa, un estante, como un chico toquetón, de esos para cuyas visitas hay que preparar la casa escondiendo objetos o poniéndolos fuera de su alcance (…) le dije irritada “por favor no toque nada”. Me costaba aceptar que había empezado a poner en práctica, instintivamente, la memoria de las manos. Como la Greta Garbo de Reina Cristina, estaba recordando objetos, no para almacenarlos en su mente sino para orientarse en el presente”.

Que sí lee y escribe:  Quiza

Vuelvo otra vez a Buenos Aires, voy a visitarla, le llevo de nuevo alfajores. Pongo la caja sobre la mesa, es para vos, le digo. Mira la caja, lee “Havanna” y me pregunta qué es. Le señalo el dibujo del alfajor en la caja y reconoce, alfajor, qué rico, dice, como un chico contento. A los diez minutos, señalando la caja, me pregunta qué es. Ya no puede leer “Havanna” pero, mirando la palabra que precede a la marca dice, triunfante, “Alfonsina”. En vano le señalo el dibujo del alfajor, no sé qué es, me dice.

Más textos en ADN. o en el Blog de Eterna Cadencia.

No le tenían fe a Vargas Llosa

Escribe Juan Martini su columna en el blog de Eterna Cadencia. Titula: “Vargas Llosa pagó 25/1”. El dato que recolectó es genial,

“El casino y empresa de apuestas internacionales Ladbrokes no contaba a Vargas entre los favoritos: pagaba 25/1 (o 25 € por cada € apostado). A la cabeza de la lista estaba el estadounidense Cormac McCarthy (5/2). Murakami pagaba 10/1. Gelman 15/1. Y Pynchon (para nombrar sólo algunos) 22/1. Bob Dylan, Le Carré y Julian Barnes casi cerraban el listado: 100/1.

Una amiga de este cronista pasó el dato de las apuestas. Y también el suspiro de alegría de David Williams, vocero de Ladbrokes: “Tenemos una gran sensación de alivio. Una vez más, los jueces han desconcertado a los clientes y han elegido a un aspirante relativamente desconocido. Este año se apostó más dinero que nunca en la historia. Enviaremos una caja de champagne al ganador porque nos ayudó a eludir un pago masivo”.

Los 100 libros, elegidos por Alberto Manguel

Alberto Manguel estuvo en Buenos Aires y lo invitamos a una entrevista pública en Eterna Cadencia. Releyendo hoy la nota, recordé la colección de Manguel y su lista de 100 libros que nunca llegué a compartir acá. Ahora, sí. Parte de la entrevista y la lista!! la lista!!

En algunos pocos casos: usted tiene una biblioteca de 35mil ejemplares.

Sí y va creciendo. Yo creo que los libros se multiplican como conejos: dejo 10 libros a la noche y encuentro 12 a la mañana. Es un problema de espacio pero no de colección. No creo que haya una biblioteca demasiado grande. Los límites de una biblioteca están fijados por nuestras capacidades de coleccionistas, pero ni siquiera por nuestras capacidades de lector. No he leído todos los libros de mi biblioteca, por supuesto, pero pienso que es necesario tenerlos porque algún día, quizá necesite alguno de esos libros y esa posibilidad, por remota que sea, justifica que siga coleccionándolos.

Es una concepción capitalista.

Yo no diría capitalista porque no soy el único que aprovecha la acumulación de esos libros, tengo amigos que vienen a consultar también esa biblioteca.  Espero que en el futuro esos libros sirvan a otros lectores. Yo no soy inmortal, pero los libros sí.

Es de destacar su rol de antologador, de armador de listas: en su sitio web, por ejemplo, tiene una lista sobre los 100 libros que hay que leer.

No son libros que “hay que leer”, yo nunca usaría esa frase. Uno de mis editores me pidió que hiciese una lista de 100 libros que me gustan. Es siempre algo muy difícil porque es como elegir cuál de sus chicos quiere más.  Pero traté que fuese representativa del tipo del libro que me gusta. Pero que me gusta a mí: nunca diría esos son los libros que usted tiene que leer. Seguramente si usted hace una lista de 100 libros serán libros distintos, aunque espero que coincidamos en algunos.

La lista entera es la siguiente :

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De Decálogos y consejos…

09-09-2010 | Publicado en Eterna Cadencia. Por GL.

“No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas”. Como una antigua maldición china la frase de Horacio Quiroga sobrevuela la mente de cualquier escritor con una página en blanco. Desde el Decálogo del perfecto cuentista que Quiroga dio a conocer en 1927 hasta la actualidad muchos escritores dieron sus consejos. Decía Quiroga: “En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas”.

Abelardo Castillo en Ser Escritor reflexiona sobre el oficio del escritor y arma una especie de decálogo propio donde también se centra en este punto: “Cortazar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber adonde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía”.

La famosa lista de Quiroga, comienza con la siguiente afirmación: “Cree en un maestro – Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo”. Sobre los grandes maestros, Castillo asegura: “Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así”.

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