De Decálogos y consejos…

09-09-2010 | Publicado en Eterna Cadencia. Por GL.

“No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas”. Como una antigua maldición china la frase de Horacio Quiroga sobrevuela la mente de cualquier escritor con una página en blanco. Desde el Decálogo del perfecto cuentista que Quiroga dio a conocer en 1927 hasta la actualidad muchos escritores dieron sus consejos. Decía Quiroga: “En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas”.

Abelardo Castillo en Ser Escritor reflexiona sobre el oficio del escritor y arma una especie de decálogo propio donde también se centra en este punto: “Cortazar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber adonde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía”.

La famosa lista de Quiroga, comienza con la siguiente afirmación: “Cree en un maestro – Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo”. Sobre los grandes maestros, Castillo asegura: “Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así”.

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El mundo entero a golpe de vista

La microficción aspira a la perfección: “Cada palabra cuenta, vale decir, narra o relata”, dice David Lagmanovich.
Por G.L.

Los conocemos con el nombre de microcuentos, microrrelatos, microtextos, minificciones o textículos, y algunas definiciones los encierran en “la narrativa que ocupa el espacio de una página”. La norma principal pareciera ser su duración, la idea de que se pueda leer de un solo vistazo. Sin embargo, el escritor David Lagmanovich en su libro El microrrelato. Teoría e historia va más allá y afirma que la naturaleza del microrrelato no consiste solo en la extensión del texto, aunque sea su principio, sino también en sus rasgos: “Se busca la perfección. Cada palabra cuenta, vale decir, narra o relata. Todas las palabras son importantes”.

El primero microtexto que se cita al evocar el género es el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Tal es la fama que adquirió esta minificción en el mundo que el especialista mexicano Lauro Zavala escribió en 2002 El dinosaurio anotado, una recopilación de decenas de microrrelatos que surgieron a partir de la influencia de éste. Uno es el caso del escritor español Juan José Merino:

Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. “Te noto mala cara”, le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina.

Eduardo Berti escribió, también, en esta línea  “Otro dinosaurio”:

Cuando el dinosaurio despertó, los dioses todavía estaban allí, inventando a la carrera el resto del mundo.

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