Lo que sucede cuando dormís con chicas…

Hace tres noches que duermo con once chicas lesbianas, bravas y hermosas… Me metí en cada una de sus vidas gracias a la escritora Laura Ramos y su libro La Niña Guerrera. Lo problemático no fue quedarme dormida con ellas,  ni siquiera que el libro quedara aplastado entre las almohadas y las páginas arruinadas, el verdadero tema cuando dormís con chicas es – a la mañana siguiente- ponerse a desenredar las piernas…

Laura Ramos entrevistó, junto a algunos colaboradores, a once mujeres jóvenes lesbianas y bisexuales de diferentes partes del mundo. Algunos personajes conservan sus nombres verdaderos, como Beatriz Gimeno, Albertina Carri, Marta Dillon, Lisa Kerner, Ntombifuthi Bhagwhati, o sus nombres literarios, como Dalia Rosetti. Los relatos repasan niñez, pubertad, primeros encuentros lésbicos, salida del ropero, revoluciones, contrarrevoluciones, novias, parejas, hijos. Cada una de las historias es una bocanada de vida. Diferentes vidas, circunstancias y países que dejan una misma sensación. La de respeto. Se las presento, las van a amar… Después no digan que no les avise!

Montserrat Heroles Márquez (México, 27 años). Hija de la aristocracia mexicana, le gustan las mujeres desde que jugaba a la botellita a los doce años, cuando le tocaba su prenda favorita: besar en la boca a sus amigas. Hizo el amor con una chica por primera vez en una fiesta en su casa, mientras sus compañeras de instituto se bañaban sin ropa en la piscina de sus padres. Con su novia de la pubertad mantuvo una relación de hermanas y amantes: durante dos años vivieron juntas y viajaron a Tours para estudiar francés en una residencia internacional de estudiantes. Al regresar se fue vivir a Ciudad Juárez, donde intentaron asesinarla.

Lisa Kerner (Argentina, 29 años). Se enamoró de la novia del mejor amigo de su hermano, con la que se tocaba por debajo de la mesa antes de escaparse al baño de la casa familiar para hacer el amor a escondidas. Hasta que conoció a otras chicas gay creía que era la única lesbiana que había en el mundo: “Sólo somos Sandra, Celeste y yo”, pensaba.

La Komando (Argentina, 30 años). Tiene una barba-candado tatuada en la cara, seis cuernos de silicona incrustados en la frente y las piernas quemadas con chapas en forma de estrellas. Toda su piel está cubierta de tatuajes y veinte peircings le agujerean el cuerpo. Una foto de su adolescencia la muestra con el jumper de la escuela de monjas, los costados de la cabeza rapada y una cresta batida. Durante sus clases de karate, a los diez años, adoraba que el maestro le pegara con una vara en el estómago. En Bernal primero, y en discotecas como Cemento o Freedom después, se enfrascaba en peleas callejeras que terminaban en el hospital o en la comisaría. Empezó a suspenderse de la piel de la espalda por medio de agujas y ganchos en compañía de su novia, una chica norteamericana que vino a la Argentina a estudiar el fenómeno piquetero. Un amigo les instaló una cuerda con tensor en el jardín de la isla del Tigre en la que viven.

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Los últimos ritos, por Marta Dillon

La escritora y editora del suple mujeres de Página- “Las 12”- escribió hoy este texto sobre la recuperación del cuerpo de su madre desaparecida en 1977 por los militares. Cuando lo lean van a entender por qué decidí postearlo, mientras todavía me caen lágrimas…

“Mi madre fue asesinada el 3 de febrero de 1977, a las 2.05 de la madrugada, en la esquina de Santamarina y Chubut, Ciudadela. Su partida de defunción dice: “Múltiples heridas de bala. NN femenino, delgada, 1,65, cabello rubio teñido”. Nada de sus ojos celestes. Tal vez haya apretado los párpados el instante antes de que la fusilaran. A lo mejor estaba oscuro en la morgue o se habían acumulado demasiados cuerpos o les pareció en vano anotar un dato tan estúpido cuando la poseedora de los ojos celestes estaba muerta y a esas pupilas de agua sobre las que caían sus pestañas como una marea sólo les esperaba la corrupción.

Mi madre es ahora, concretamente, un cráneo con pocos dientes, un maxilar asignado morfológicamente, tibias y fémures, radios y cúbitos, clavículas. Seguro me equivoco en la enumeración de los huesos, lo cierto es que su torso continúa desaparecido. Ella, no. Ahora puedo trazar un recorrido de sus años de silencio. Sus años bajo tierra. Su asfixia en el anonimato. ¿Dónde estaba yo la noche en que la mataron?, me preguntó una amiga. No puedo saberlo, tenía 10 años y la estaba esperando. Como he esperado hasta ahora aun a sabiendas de que no iba a volver. Algo de ella ha retornado con los restos de su cuerpo, con los rastros de su último día. Mi hermano preguntó si la habían fusilado de frente o de espaldas.

Hay cosas que nunca podremos saber.

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