Mi padre, Raymond Carver

La invención de la soledad de Paul Auster comienza cuando el protagonista levanta el teléfono de la cocina. Es domingo por la mañana, sabe que no puede esperar nada bueno de ese llamado. Se entera: Su padre ha muerto.

Esta imágen siempre me da vueltas por la cabeza. Le voy cambiando la ropa al protagonista, o las tonalidades de aquella cocina, pero siempre está ahí, al acecho.

Hace muy poco, leí este extracto donde Raymond Carver cuenta cómo fue el momento en que llamaron a su casa para decir que su padre había muerto. No fue él quién atendió el teléfono como en el caso de la novela de Auster, ni siquiera estaba en la casa. La que atendió fue su mujer.

(La traducción es mía, son los riesgos de  confiar, sino vayan a Ñ, todo bien)

El nombre de mi padre era Clevie Raymond Carver. Su familia lo llamaba Raymond y sus amigos C.R. A mí me pusieron Raymond Clevie Jr. Odiaba la parte de “Junior”. Cuando era chico mi papá me llamaba Frog, que estaba bien para mí. Pero después, al igual que el resto de mi familia, empezó a llamarme Junior. Siguió llamándome así hasta que tuve trece o catorce años y dije que no iba a responder más a ese nombre. Entonces empezó a llamarme Doc. Desde ese momento hasta el día de su muerte, el 17 de junio de 1967, me llamó Doc o hijo.

Cuando él murió, mi madre llamó a mi mujer para avisarle. Yo  estaba un poco ausente de mi familia en esa época, tratando de entrar en la Universidad de Iowa. “¡Raymond murió!”.

Por un momento, mi mujer pensó que mi madre estaba diciéndole que yo estaba muerto. Después mi madre fue más clara y le dijo de qué Raymond estaba hablando y mi mujer dijo: “Gracias a Dios. Pensé que te referías a mi Raymond”.

Robado de Call If You Need Me, the uncollected fiction and other prose.

Raymond Carver.

Grandes peleas de pareja en la literatura

Carver, Bukowski y Nabokov: tres grandes escritores que han conseguidos escribir las mejores peleas conyugales.

Por G.L.

Pocas escenas de la vida son tan ricas para retratar como las peleas de pareja. Cuando, en un cuento o novela, se avecinan estas batallas uno agudiza los sentidos y se sumerge de lleno en la tensión entre el odio y el amor. Estas guerras alcanzan grados impensables de violencia psicológica porque ponen en juego los sentimientos y las actitudes extremas de sus personajes.

lolita poemas de qué hablamos cuando hablamos de amor

Grandes escritores han sabido describir la furia que sólo se desata ante un ser amado o al que se ha amado. El rencor, el orgullo, el olvido, el desinterés se funden de manera tan aguda que en cualquier otro contexto el relato parecería exagerado, excesivo. No así en el marco de una pareja donde pareciera que casi cualquier cosa puede pasar. Y, en verdad, cualquier cosa pasa en esas discusiones que -en mayor o menor medida- todos hemos vivido.

Muchos escritores latinoamericanos tienen historias donde el amor llega al precipicio. Como con el fuego demasiado fuerte: la espuma puede durar unos instantes o permanecer durante una vida.

Existen diferentes tipos de peleas. Hay discusiones en la que ambos se tiran con sillas por la cabeza, otras en la que uno se desborda ante la calma del otro. Hay discusiones que parecen monólogos interrumpidos sólo por silencios, gestos y pensamientos. Está también la guerra fría en donde desaparece el cuerpo a cuerpo y, sin embargo, no desaparece el dolor.

Es genial la descripción que hace Teresa, “Terri”, el personaje de Raymond Carver en ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? sobre la gran pelea con su ex:

“Una noche me dio una paliza. Me arrastró por toda la sala tirando de mis tobillos. Y me decía una y otra vez: “Te quiero, te quiero, zorra”. Y mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas”.

Esta relación y sus constantes peleas no tiene desperdicio. El episodio final antes del suicidio de él se parece a una pelea callejera. Sin embargo, Terri intenta convencer con su relato una y otra vez a los reunidos en su casa: “Algunas veces actuaba como un loco, es cierto. Lo admito. Pero me amaba. A su modo, quizá, pero me amaba. En todo aquello había amor, Mel. No digas que no“.

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Recomiendan un poema por día…

Hoy: El Rasguño de Raymond Carver

Me desperté con una mancha de sangre reseca
pegoteada sobre uno de mis párpados. Un arañazo,
profundo, cruza transversalmente las arrugas de mi frente.
Sin embargo, últimamente estoy durmiendo solo
Y me pregunto por qué un hombre, incluso en un mal sueño,
en una gran pesadilla
alzaría su propia mano para lastimarse la cara,
para rasguñarse la frente sin piedad alguna.
Esta mañana pretendo responder esta pregunta
Y otras similares, mientras observo en silencio
como mi rostro se refleja en los vidrios de la ventana …  Mientrás
Ella aún se pregunta e intenta taparse
con esa remera de manga tres cuartos
las lastimaduras que emergen de su brazo
aún dormido…

De qué hablamos cuando hablamos de amor

Releí el cuento de Raymond Carver que da nombre al libro. Trascribo lo que alguna vezzzz había marcado:

– Una noche me dio una paliza. Me arrastró por toda la sala tirando de mis tobillos. Y me decía una y otra vez: «Te quiero, te quiero, zorra.» Y mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas. ¿Qué se puede hacer con un amor así?

– Dios mío, no seas boba. Eso no es amor, y tú lo sabes -dijo Mel-. No sé cómo podríamos llamarlo, pero estoy seguro de que no debemos llamarlo amor.

-Tú dirás lo que quieras, pero sé que era amor -protestó . Puede sonarte a disparate, pero es verdad. La gente es diferente, Mel. Algunas veces actuaba como un loco, es cierto. Lo admito. Pero me amaba. A su modo, quizá, pero me amaba. En todo aquello había amor, Mel. No digas que no. Concédeme eso.