Once: Viajar y morir como animales

La investigación de Graciela Mochkofsky fue publicada en julio de 2012 por Editorial Planeta y arroja datos que no se pueden creer. El tren protagonista de la Tragedia de Once, El Chapa 16, como lo llamaban internamente, recorrió seis millones seiscientos mil kilómetros antes del accidente, lo que equivale a 165 vueltas alrededor del mundo. Se calcula que las formaciones habían superado en 20 años su edad de retiro. Una generación entera subía a ese vagón cada mañana cuando nunca lo tendrían que haber conocido. Los mecánicos calculaban que el 90 por ciento de los trenes necesitaba una reparación profunda. Pero los tiempos no daban. Nadie invertía. La orden de la empresa era que los trenes salieran. El Gobierno ausente.

Esa mañana el Chapa 16 salió con seis compresores de freno en vez de ocho, eso era normal. Con dos compresores menos el tiempo de frenado aumentaba. De 45 segundos que era lo normal, había que calcular un minuto y medio de frenado.

La auditoría general de la Nación, con el radical Leandro Despouy como presidente, había presentado en 2008 su última auditoria a TBA donde afirmaba que no había controles y que los trenes no estaban en condiciones de marchar. Esos informes fueron desoídos y el organismo no tuvo la fuerza para hacer con ellos nada.

Acá abajo, les dejo el primer capítulo del libro que cuenta cómo fue que hace un año se desató la tragedia en la que  hubo 795 heridos, 51 personas muertas en la Argentina y una presidenta que tardó cinco días en hablarles a las víctimas y a sus familiares.

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El tren de esta historia comenzó a andar al otro lado del mundo, hace más de medio siglo. Era, en aquel tiempo, el orgullo de una Nación.

Los japoneses habían entrado tardíamente en la era del ferrocarril comercial: en 1872, casi cincuenta años después que los ingleses. Al comienzo, dependieron de Occidente: de allá llegaban los diseños, los materiales, las locomotoras, los ingenieros y los especialistas. Con el tiempo, los extranjeros formaron especialistas locales. Luego, ingenieros japoneses estudiaron en Europa y en Estados Unidos, y a su regreso comenzaron a reemplazar a los extranjeros. Pronto, carpinteros de larga tradición fabricaban las carrocerías de madera. Todo lo metálico –locomotoras, bogies, ruedas—siguió llegando de afuera hasta que en 1893 la constructora Kobe empezó a hacer locomotoras. En 1901, cuando la fundición Yahata produjo acero, se inauguró la fabricación de trenes a escala completa.

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